lunes, 29 de diciembre de 2008

EL OCASO DE LOS DRUIDAS. Seis capítulos más, gratis.


Ya en la isla de Anglia, los peregrinos se enfrentan a situaciones peligrosas e inesperadas. Van en pos del reino de Morgana, pero empiezan a tropezar más de la cuenta.
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61
A pesar de la vivacidad que sustituyó en seguida a la tétrica circunspección del conato de sacrificio, el bosque de Boca Oscura tenía el aire cansino de la desesperanza. No abundaban las flores tanto como en Brocelandia, el ánimo de la gente también lucía mustio y gris, y daba la impresión de que no se atrevieran a reír a carcajadas, como si permanecieran a la expectativa de algo horroroso que les acechaba.
Por ello, la comida que organizaron tras desmontar las cuatro piras fue la menos vistosa de cuantas habían agasajado a Divea y sus compañeros a lo largo del viaje. Tal como se hacía en Santa Tecla, los hombres del druida Goibniu improvisaron un nementone con toscas piedras en el centro de ese espacio mugriento, profanado por las deposiciones de niños, cabras, gallinas, caballos y perros.
El druida celebró un rito breve antes de ofrecerles alimentos.
-Hemos de llegar al gran nementone de piedra antes de que anochezca –dijo Divea cuando dieron por finalizada la frugal comida.
-Llegaréis a tiempo, no te apures –dijo Goibniu-. Os bastará que salgáis cuando el Sol comience a declinar, pocos instantes después de llegar a su morada más alta. Pero no vamos a dejaros ir solos, porque esta tierra está mucho más llena de peligros que cualquier otro país celta del que hayáis oído hablar. Aunque parecen celtas en su naturaleza y tiene casi nuestro mismo origen, los invasores sajones demuestran odiarnos tanto como, antaño, los romanos. Están arrasando todos los clanes que encuentran desprevenidos y por eso hemos tenido que organizar defensas sutiles, fundirnos con el paisaje y convertirnos en comediantes simuladores. Y no creáis que eso es lo peor. Hay clanes que han adoptado a los dioses cristianos y hasta construyen templos de piedra en su honor, aunque mantengan secretamente nuestras costumbres ancestrales. Éstos son los peores enemigos de los celtas verdaderos, porque no hay peores fanáticos que los conversos, como sin duda sabéis. Desde que llegaron los sajones, Anglia vive edades oscuras, porque antes los celtas éramos respetados o, por lo menos, tolerados por los demás pueblos de estas islas, mas a partir de la invasión sajona, hace ya cinco siglos, no han parado de acosarnos y empujarnos más y más al secreto y la ocultación. Ya nadie puede estar seguro de nada, ni cuando ves a gente que empuña la cruz ni cuando ves venerar los símbolos celtas. La traición y la mentira nos envuelven en un laberinto que no tiene salida.
-¡Qué diferente del tiempo de Caracatus –exclamó Fomoré- y cuánta semejanza, sin embargo!
Todos giraron la cabeza hacia él. Divea y los demás compañeros del grupo con perplejidad, porque no conocían ese nombre; los naturales de Boca Oscura, con expresión que denotaba sorpresa y júbilo. Y hasta cierta incredulidad agradecida porque un extranjero conociera esa parte tan venerable de su historia.
-¿Qué sabes tú de Caracatus? –preguntó Goibniu, maravillado.
-Es como nuestro Viriato –respondió Fomoré, mirando a Divea y Conall-, y también parecido al héroe de los galos, Vercingetorix.
-Así es –afirmó Goibniu-. Son personajes celtas reales, no mitológicos; hombres de carne y hueso que han vivido entre nosotros y que nadie se ha inventado, y sin embargo sus historias son casi calcadas las unas de las otras, como si los dioses los hubieran señalado para convertirlos en ejemplos.
-Yo creo que ello se debe al patrón de conducta del Imperio Romano –opinó Fomoré, en torno a cuya cabeza brillaba en ese momento un halo inconcreto que no era luz, sino fuerza-. Cuando el imperio no lograba vencer en las guerras, urdía intrigas perversas para que sus enemigos se destruyeran a sí mismos mediante la traición y el engaño. “Divide y vencerás”, decían. Un truco que los peores poderes imperialistas han aplicado con perfidia desde entonces.
El druida Goibniu miró a Fomoré con una expresión mezcla de curiosidad y pasmo.
-¿Quién eres tú? –le preguntó.
Fomoré agachó la cabeza. Salvo Divea, los compañeros del grupo lo observaron con expectación. Conall recordó con desasosiego la escena que había sorprendido de noche en aquel riachuelo de la Armórica, cuando lanzó flores al agua tras un rito demasiado elaborado para habérselo inventado. ¿Qué ocultaría ese hombre que, atrayendo miradas tan apreciativas de las mujeres, se comportaba como un asceta? Siempre retraído, siempre serio; colaborador y amable con sus compañeros pero celoso de su privacidad y nada locuaz a la hora de hablar de sí mismo. El aprendiz de bardo se reprochó estar postergando demasiado la realización del proyecto, para el que resultaba indispensable ir librándose de testigos incómodos como ese hombre tan extraño, antes de poder suplantar a Divea con éxito.
Con un propósito muy evidente de hacer olvidar la interrogación del druida, la futura druidesa preguntó:
-¿Son realmente tan semejantes las historias de esos tres héroes?
-Yo no conozco todos los detalles referidos a Viriato y Vercingetorix –respondió Goibniu.
-Yo sí –afirmó Fomoré con la voz quebrada por algo que taponaba su garganta-. Había un bardo en mi clan que se preciaba de conocer a la perfección las biografías de los cincuenta héroes de Celtia. ¡Cuántas noches he soñado con nombres como Cuchulain, Artus, Perceval o Vercingetorix! El drama de Caracatus posee los mismos elementos, en general, de los de Vercingetorix y Viriato, a excepción de su modo de morir. También él hizo rabiar a las huestes romanas atacándolas con sus hombres como las moscas al frente de clanes como los ordovices y los silures, con tácticas de guerrilla que volvían locos a los cónsules imperiales. Y también, como hicieron con nuestro Viriato y con el héroe galo, corrompieron los romanos a sus aliados para que lo traicionasen. Como Vercingetorix, Caracatus fue llevado a Roma, donde trataron de humillarlo y arrastrarlo por la desdicha, pero no lo mataron, como reconocimiento de su gallardía imbatible. Caracatus sobrevivió muchos años viviendo como un romano en los aledaños de la capital. Pero esto no deshonra su memoria, en mi opinión, porque él nunca abjuró de su condición ni de su gente.
La expresión de Goibniu era de gran complacencia.
-¿Quién eres tú, Fomoré? –volvió a preguntar.
-Soy quien no quiero ser –respondió Fomoré sin resolver el enigma.
Divea acudió en su auxilio:
-¿No deberíamos partir?
-Voy a dar las órdenes –respondió Goibniu-. Voy a organizaros una guardia que podrá ser tomada por sajona, porque hemos de protegeros de las desdichas que los sajones siembran por doquier. No sería capaz de describir en todo su horror las hecatombes que provocan en el centro y el norte de Anglia, pero sí puedo proteger a una druidesa que estoy convencido de que ha de maravillar al mundo. Dices, Divea, que una vez que cumplas el rito del solsticio te propones buscar a Morgana, ¿no es así?
-Es lo que Partholon me ordenó.
-Pues te regalaré tres consejos, aunque estoy convencido de que si llegaras a encontrarla, Morgana jamás compartirá contigo su saber. Pero dudo que puedas llegar a ella, porque tratarán de matarte las cohortes de bestias y los hombres sin rostro que protegen su reino subterráneo. Mas si a pesar de todo lograses llegar a estar en su presencia, estoy convencido de que te odiará por tu belleza sobrenatural, por tu saber sorprendente y por tu exquisita prudencia. Ante Morgana, deberías parecer fea, iletrada y boba. Mis tres consejos son estos: Acopia todo el saber que consigas en lo que te resta de viaje, porque el saber es poder. Desarrolla tu capacidad de ser osada calculando, al mismo tiempo, el límite donde el riesgo se convierte en mortal. Haz que ni tu boca ni tus ojos, ni tus manos, desvelen los secretos que ningún druida debe compartir.
-Gracias –murmuró Divea con la cabeza inclinada ante el druida.
-Ya está preparada la guardia que te protegerá y te conducirá al gran nementone de piedra. Recibe esta joya como recuerdo y homenaje, pues en ella invoco el poder de todos los dioses para tu protección.
Goibniu depositó en las manos de Divea un hermoso torques de plata maciza, cuyo cuerpo había sido trabajado primorosamente con grabados. La abertura estaba rematada por dos cabezas de lobo enfrentadas. Era el objeto más valioso que jamás había poseído. Forzando su elasticidad para que se abriese un poco más, se lo puso en el cuello con un vago sentimiento de incredulidad por que algo tan bello pudiera pertenecerle para siempre. Goigniu sonrió y dijo:
-Ruego a la madre Dana que guíe tus pasos y te permita culminar con éxito la aventura y el viaje.
Tardaron poco en volver a salir a un paisaje ondulado de prados verdes y los seis suspiraron con alivio. Todos inspiraron profundamente, con la sensación de que se libraban de un aire lleno de miasmas letales.













62
Llegaron sin tropiezos ante el gran nementone de piedra. Les decepcionó el paisaje, que aunque verde, era como un páramo para la percepción de un celta, pues no había ni un solo árbol a la vista. En cambio, la visión del monumento de piedra los dejó a todos boquiabiertos. Atónitos, dieron en silencio varias vueltas alrededor para convencerse de que los monolitos grises de piedra arenisca eran verdaderos y no una invención de sus mentes hechizadas por el sortilegio de un mago que pretendiera confundirles, tan inmensos e impresionantes eran. Todos llegaron al convencimiento de era imposible que cuanto veían fuese obra de seres humanos.
Más grande que cualquier nementone de los que conocían, el conjunto se alzaba en una suave elevación dominando la extensa llanura circundante. El monumento mismo, con apariencia de templo, estaba constituido por grandes monolitos desbastados, ordenados en un círculo de portales iguales a excepción del que apuntaba al nordeste, que era bastante más ancho. Alrededor, habían excavado una zanja y alzado un terraplén. En torno a esa zanja, y formando un anillo mayor, había cincuenta hoyos, todos ellos también redondos.
Cuando traspusieron los tres círculos, encontraron dentro del formado por los monolitos otro círculo de piedras mucho más pequeñas y una construcción interior con forma de herradura. Los monolitos grandes estaban coronados en su mayoría por piedras muy bien cortadas y regulares, sumando un total de treinta, que formaban dinteles unos al lado de los otros. Algunos de ellos habían caído al suelo, daba la impresión de que por obra de asaltantes y no por cataclismos. Todo era tan colosal y armónico, que los seis visitantes fueron incapaces de imaginar el significado del monumento ni quién podía haberlo ideado y erigido, como no fueran los propios dioses.
Las piedras del círculo interior eran color azul, y menos pulidas que las grandes. Parecía un añadido efectuado por constructores diferentes y, desde luego, más torpes, porque ninguna había sido desbastada ni pulimentada.
Comenzaba a caer la noche, y las brumas crecientes añadían misterio al arcano inexplicable que suponía el nementone para todos ellos, inclusive para los celtas de Boca Oscura, que no lo veían por primera vez pero se mostraban igual de reverentes. A los seis miembros del grupo, sobre todo Conall y Divea, les hacía enmudecer.
-Esto no lo han hecho los hombres –afirmó Dagda.
-Pero es un nementone celta, sin ninguna duda –opinó Nuadú.
-Tendríamos que poseer mejor información del pasado y mayores conocimientos de los que tenemos –aseguró Brigit-, para determinar qué fue primero. Realmente, esta maravilla es un nementone, pero sería muy interesante averiguar si los celtas no habremos construido nuestros lugares de culto en imitación de éste.
-Pudiera ser –dijo suavemente Fomoré-. Porque ninguna de nuestras tradiciones habla de los constructores de este sitio; todas afirman con rotundidad que es un regalo que nos hicieron los propios dioses, antes de echarnos a andar a los humanos por el mundo. Entre los demás pueblos, hay quien afirma que lo hicieron unos hombres llegados del centro del océano, procedentes de un reino que la mar se tragó, hombres muy sabios y capaces de dominar fuerzas que los actuales hemos olvidado, pero yo me niego a creerlo. Ved esas piedras que, por su tamaño, ningún ser humano ha podido traer aquí ni levantar en pie, y fijaos en los números que suman y su significación. Hay cincuenta hoyos en el perímetro exterior y había originalmente treinta dinteles en el círculo principal. Si partimos cada luna en sus cuartos: creciente, llena, menguante y nueva, encontraremos que hay cincuenta cuartos lunares en un año. De igual modo, son cincuenta los héroes que las tradiciones nos han legado a los celtas y treinta son los días que dura una luna. Si multiplicamos cincuenta por nuestro número sagrado, el siete, nos topamos con la cifra mágica del tránsito anual del Sol. Lo que es, es. Nadie puede dudar de que lo que vemos no es otra cosa que un regalo de los dioses.
Todos escuchaban a Fomoré con sobrecogimiento.
-Están encendiendo hogueras –murmuró Divea como si despertase de un sueño- que podrían ser avistadas desde muy lejos. ¿No será arriesgado?
Efectivamente, los hombres de Boca Oscura que les servían de escolta habían apilado hojarasca y leña menuda en los cincuenta hoyos y estaban prendiéndoles fuego.
-Confiemos en ellos –sugirió Fomoré-. Ésta es su tierra y supongo que deben de saber lo que se hacen y a qué se exponen.
-No hay peligro –afirmó Brigit tras un momento de concentración-. Por alguna razón que no logro adivinar, sé que estos fuegos no pueden ser vistos por nadie que se encuentre a más de cien pasos de distancia.
-Será por la configuración del terreno y la forma de ese terraplén –indicó Divea-. Todo parece tener aquí significados desconocidos y efectos sorprendentes. Ahora, hemos de descansar, para despertar antes de que el sol lo haga.
Acurrucados los unos contra los otros para soportar mejor el relente, intentaron dormir pero no lo consiguieron. Sabían que les sería dado contemplar un prodigio al amanecer y la espera de un acontecimiento tan especial les quitó el sueño. No así a los guerreros de la escolta, que dormían casi todos profundamente al lado de los rescoldos de los fuegos que habían encendido, a excepción de tres que permanecían de guardia.
Despiertos, aunque sin sentir cansancio ni molestias, los seis permanecían en silencio, y sólo Conall tenía ganas de hacer preguntas, que callaba porque presentía que su curiosidad podía desvelar no sólo unas inquietudes que no debía exteriorizar, sino, también, la sacrílega esencia misma de lo que bullía en su espíritu desde el comienzo del viaje. Una de las frases pronunciadas por Fomoré esa tarde se le había enquistado en el pensamiento: “soy quien no quiero ser”. Un enigma, sin duda, pero del que Divea parecía conocer la solución, porque había notado la presteza con que desviaba la conversación a fin de que nadie, y sobre todo Goibniu, continuase con esa clase de preguntas. ¿Qué ocultaba Fomoré y qué sabía de ello Divea? Preguntárselo a sí mismo le producía un malestar casi físico. Volvió a su mente la idea perturbadora que le rondaba hacía varios días: si todas las mujeres se deslumbraban con los innegables atractivos físicos de Fomoré, ¿qué podía estar frenándolo de actuar como lo haría cualquier hombre?
Todos tenían grandes cúmulos de preguntas, dudas y expectativas en sus ánimos, por lo que hablaron muy poco a lo largo de la noche y ni aún así consiguieron dormir, y por ello notaron que iba a comenzar la opalescencia del alba.
-Amanecerá dentro de poco –avisó Brigit.
-Preparemos la ceremonia –dispuso Divea.
Los seis se pusieron de pie. Tomaron las vestiduras blancas del hato transportado en la carreta y se despojaron de las túnicas pardas sin recatarse los unos de los otros, porque no disponían de tiempo y, sobre todo, porque ya no sentían pudor entre sí. Plateada de través por la sobrenatural luz del alba, Divea admiró la desnudez perfecta de Fomoré con un sentimiento de confusión, convencida de que no podía haber existido jamás un cuerpo más hermoso de varón y preguntándose por qué sus ojos continuaban recreándose cuando la razón le exigía apartarlos de él. Conall admiró la sensual desnudez de Brigit, mientras se preguntaba qué estaba ocurriendo en su vientre y su pecho para que la voluptuosidad de ese cuerpo le turbase tanto, al contrario de la etérea desnudez adolescente de Divea, que sólo le hacía pensar en una ondina favorecida por la diosa. Naudú y Dagda contemplaron con mucha nostalgia, y al unísono, la desnudez de Conall, un cuerpo fuerte, de hombros anchos, brazos llenos de relieves y con el talle muy esbelto, y la sombra del incipiente vello dorado por todo el pecho, los brazos y las piernas, vello que habría de ser muy abundante en el futuro. Por su parte, Fomoré permaneció con los ojos cerrados, los párpados apretados y la cabeza hundida sobre su pecho el tiempo que le tomó quitarse el sayo y ponerse la túnica blanca. A todos les dio la impresión de que recitaba una plegaria, aunque sus labios no se movían.
En la gris espesura del bosque de Boca Oscura no abundaba el color y se habían visto obligados a elaborar las coronas con bastas flores de centaura sin acabar de abrirse; los racimos contenían capullos en su mayor parte, pues todo renacía en Anglia más tarde que en la Armórica y mucho más que en Hispania, y hasta el muérdago de robles parecía más pardusco. Divea recordaba que en las cercanías del castro de Santa Tecla las centauras coloreaban el campo bastante más pronto, al menos una luna antes del solsticio de verano.
Se vistieron deprisa, urgidos no sólo porque Brigit se mostraba muy impaciente, sino, sobre todo, por la rapidez con que se acercaba el amanecer. Formaron con las manos entrelazadas un círculo en el centro del nementone, Conall y Fomoré frente a frente, Divea a la derecha de Fomoré y junto a Brigit, y las dos sacerdotisas astures a la derecha de Conall, que entonó una hermosa canción de saludo al Sol que le había enseñado Goiniu, el druida de Brocelandia; al principio cantó con inseguridad, pero poco a poco su voz fue dominando los tonos y las desafinaciones dieron paso a una armonía de la que él fue el primero en asombrarse.
Emocionados con intensidad inesperada, comenzaron a balancearse a un lado y otro al compás de la música de Conall, levemente, sin soltarse las manos, mientras Divea sumaba su voz a la del aprendiz de bardo para invocar la protección y la iluminación de la madre Dana. Los seis sentían que nada era igual que en cualquier otro de los nementones donde habían celebrado ritos. Ahora, notaban en la frente el soplo de algún dios desconocido a quien no lograban poner nombre; sus pies descalzos recibían del suelo descargas estimuladoras, como ondas de un agua invisible que los acariciaran. Los seis ingresaron en un estado que ninguno había experimentado antes ni siquiera celebrando el mismo rito del círculo divino. Las manos se comunicaban entre sí calor y afecto sin mediar la voluntad de ninguno, y por ello sintieron los seis, sin exclusión, que su futuro no podría desligarse jamás de los otros cinco.
Cuando creían que levitaban en el aire, Conall entonó, ahora con seguridad mucho mayor, un poema sencillo, el último que le había enseñado el bardo armórico:
“Entre la Tierra y el cielo
el Sol es el único nudo”.
-Ya llega –alertó Divea, interrumpiendo a Conall, y fue como si su aviso despabilara a los demás, que se sobresaltaron igual que al despertar abruptamente de un sueño.
En lo que pareció la concesión de una licencia, la futura druidesa señaló con la mano a Fomoré, que murmuró:
-Tenemos que permanecer muy juntos, lo más en el centro del nementone que podamos, tratando de no pensar más que en la bondad de los dioses. Hay que mirar hacia aquella piedra.
Señalaba uno de los monolitos grises, que tenía en su cúspide una forma particular. Con la mirada fija en ese punto, permanecieron sólo unos instantes mudos, inmóviles y sin apenas pestañear. La claridad fue aumentando y, de repente, apareció una pequeña franja luminosa posada encima de la piedra; esa franja creció poco a poco hasta que tuvieron que apartar la vista para que no les hiriese el fulgor. Con una precisión que no podía ser casual, el Sol había surgido exactamente por el punto en que esa piedra y el horizonte se alineaban del todo para sus ojos.
-¡Cuánta ciencia poseían! –murmuró Divea.
Las tres mujeres asintieron. Fomoré apretó los párpados como si quisiera ocultar sus sentimientos. Por su parte, Conall se preguntó cómo iba a acercarse al cumplimiento de su ambición, con las novedades que sentía operarse en su interior. Divea buscaba en cuanto había aprendido hasta ese momento una explicación para lo que acababa de experimentar; llevaba toda la vida negándose a reconocer que ningún dios ni, mucho menos, la madre Dana, hubiera posado un dedo en su frente, y ahora, en los fugaces momentos transcurridos desde que apareciera la franja de luz hasta que se convirtió en cegadora, estaba convencida de haber visitado por un instante la morada de los dioses. ¿Sería un mal presagio? Buscó la respuesta en los ojos de Brigit, pero ésta los mantenía fuertemente cerrados mientras componía una expresión inextricable.






63
Por enésima vez, Fergus acechó con gran concentración el punto por donde se habían marchado los seis dos días y medio antes. La preocupación le acogotaba. A la izquierda de la playa, acababa de ver asomarse sobre un acantilado a dos jinetes cubiertos casi por completo de metal reluciente. Primero, le maravilló y le llenó de incredulidad que los caballos pudieran soportar tanto peso. Después, llegó a la conclusión de que esa abundancia de metal tendría que servir para defenderse; pero a diferencia de las protecciones que había visto en Bizancio, que sólo guardaban la cabeza y el pecho, a los dos jinetes les cubrían de arriba abajo, incluido el rostro.
¿Qué iba a hacer? El menor desplazamiento del dromon para distanciarse de ese punto haría que Divea y los demás no fueran capaces de localizarlo. Por otro lado, estando completamente solo no se creía capaz de conseguir que navegase. Convenía intentar descubrir si eran sólo dos o había más ¿No representaría un riesgo demasiado grande abandonar el dromon durante el tiempo que durase la exploración? Tendría que hacerlo, porque no se le ocurría otro modo de intentar asegurar la supervivencia del navío y el encuentro con los seis. Por si estaban observándolo, se echó al agua en un punto de la borda donde no sería visto desde tierra. Nadó entre dos aguas, sin emerger, hasta confirmar que podía hacerlo tras un peñasco que le ocultaría para quien mirase desde lo alto del acantilado. Agarrado a la roca, aguardó un buen rato por si observaba algún cambio y viendo que nada nuevo sucedía, examinó la pared de piedra en busca de resquicios por los que subir. Él no poseía la increíble combinación de agilidad y fuerza que Fomoré había exhibido cuando llegaron a la Armórica.
Encontró una trocha que ascendía las rocas verticales de modo vertiginoso, en zigzag, gracias a la cual llegar a la cima no le resultó tan difícil como esperaba. A punto de coronarla, se encaramó con cuidado a la meseta por si le sorprendían, pero vio pronto que no había nadie cerca. Ya de pie, descubrió a cierta distancia a los dos jinetes de metal, que se alejaban en sus caballos.
Volvió al dromon algo más tranquilo, pero sin abandonar el alerta. Los dos extraños jinetes de acero se habían marchado, pero podían estar corriendo en esos momentos en busca de más guerreros que les ayudasen a conquistar el navío. Había visto ya demasiadas veces la ambición de cuantos lo miraban por vez primera, pues nadie que comparase un dromon con las embarcaciones de otros países podía hacer otra cosa que desear apoderarse de él.
Entretanto, Divea y sus compañeros se acercaban a la costa con prisas, tratando de abordar el dromon antes del anochecer. Habían culminado con éxito la visita al gran nementone de piedra, una experiencia que les había transformado a partir de la prodigiosa amanecida del solsticio sobre el monolito gris. Durante el día casi completo que había transcurrido desde aquel instante mágico, Nuadú no dejaba de preguntarse si iba a ser sacerdotisa para siempre, porque acababa de comprender que existía más vida y había escuchado la voz de la diosa aconsejándole amar. Dagda cavilaba sobre lo maravillosamente placentero que sería servir a un druida como Goibniu. Aunque muy levemente, Fomoré sonreía de vez en cuando sin que hubiera a la vista un motivo, gestos tan desusados en él que habrían causado el pasmo de los demás si no permanecieran tan absortos en sus propias perplejidades. Brigit había hecho una promesa a la diosa, y desde que abandonara el nementone meditaba sobre su capacidad de cumplirla, porque no dependía de su voluntad. Aunque hubiera conseguido cantar con musicalidad aceptable, esa madrugada Conall había sentido revolverse todas sus convicciones al tiempo que se desmontaban la mayoría de sus certezas y por ello se encontraba al borde de la desesperación. Divea había dejado enterradas en el centro del extraordinario círculo de piedra hasta la más leve de sus inseguridades. A partir de ese día, no volvería a dudar jamás, ya definitivamente.
-¿Veis aquello? –Conall señaló un punto de la pardusca campiña, cerca del horizonte de ondulaciones verdegrises.
-¿A qué te refieres? –preguntó Divea.
-Creo que es un pequeño ejército –respondió el aprendiz de bardo-, y parece que vienen con demasiadas prisas para este momento del día, la atardecida, tan poco propicia para emprender una guerra.
En silencio, Fomoré se alzó sobre los estribos de la montura y, haciendo visera con la palma de la mano contra el Sol del atardecer, forzó la mirada.
-Démonos prisa –urgió mientras ponía el caballo al trote.
Conall aceptó que tenía razón y era eso lo que había que hacer; azuzó a los caballos con unos leves latigazos que Divea no le recriminó. Al verlos bajar una ladera en fila, la futura druidesa había notado con claridad que se trataba de un grupo numeroso de guerreros, tal vez treinta, que cabalgaban sin duda hacia el punto donde les esperaban Fergus y el dromon. Sobrecogido, Conall preguntó a Fomoré:
-¿Llegaremos antes que ellos?
-Tenemos que correr todo lo que podamos. No se ve en ninguna parte un objetivo para las prisas de esos hombres, como no sea que saben que el dromon está allí y quieren apoderarse de él. ¿Qué crees que pasará, Brigit?
No hubo respuesta, y en ese momento descubrieron que la sibila de cuerpo voluptuoso había puesto el caballo a galope en dirección al punto donde Fergus aguardaba. Giraba sin parar la cabeza a un lado y otro, como si buscase algo.
-Esos hombres deben de venir del reino de Danelaw –comentó Fomoré-, donde dicen que viven los celtas renegados más feroces del orbe, hasta el punto de que la ciudad es un mercado de mercenarios que se venden hasta a los reyes más crueles.
-Deberíamos correr más –dijo Conall a Divea-. ¿No convendría abandonar la carreta y desenganchar los caballos para que tú y yo cabalguemos?
Divea miró severamente a su compañero de pescante.
-¡Parece mentira, Conall! A estas alturas del viaje, y con tu preparación de bardo tan avanzada, deberías saber ya que las vestimentas y los objetos que transportamos son indispensables para terminar con éxito lo que hemos de hacer con este viaje. No podemos abandonar el carro, Conall. Olvídalo.
-La alternativa es que nos cacen esos hombres terribles. Míralos. Relucen como si fueran de acero.
-No, Conall. La alternativa es llegar al dromon cuanto antes podamos y estoy segura de que vamos a poder. Arrea los caballos.
La orden sonó como el levantamiento de una veda. Sin decírselo, Conall entendió que Divea le autorizaba a azotar a los animales, en un trance en el que los seres humanos que transportaban podían morir si no corrían lo suficiente.










64
La impaciencia empujó a Fergus a escalar de nuevo el acantilado. El Sol estaba muy cerca de su morada nocturna y pronto sería demasiado tarde; los seis no conseguirían encontrar a oscuras el lugar donde esperaba el dromon, lo que postergaría el encuentro hasta el siguiente día. El retraso sería extremadamente peligroso, dado que, al menos, los dos hombres de acero conocían ya el escondite y la permanencia una noche más en el mismo amarre les proporcionaría tiempo de avisar a sus compañeros de armas. Sin duda, la noticia de la presencia de una embarcación tan prodigiosa tenía que extenderse con rapidez por la comarca y si no eran los propios guerreros sin rostro los que volvieran a apropiárselo, sobrarían quienes trataran de hacerlo.
Cuando coronó por segunda vez esa tarde la cima del acantilado, descubrió en seguida la magnitud de lo que se avecinaba. Desde el noroeste, llegaba en su dirección un grupo de guerreros iguales a los dos primeros. Cabalgaban recortados contra el Sol que rociaba su escarlata de la despedida, haciendo que parecieran relucientes y pavorosos. Fergus lamentó que el cumplimiento de su pálpito se hubiera acelerado de manera tan dramática, porque por la derecha, procedentes de un punto situado más al este, Brigit y los cinco corrían tratando de adelantarse a los guerreros de acero. Aún desde tan lejos, resultaba evidente que ambos grupos se habían descubierto entre sí y pugnaban por ser los primeros en llegar. Brigit, Divea y los otros cuatro estaban más cerca, pero no lo suficiente como para tener tiempo de instalar la rampa ni de embarcar los caballos y el carro ni, sobre todo, para echar a navegar el dromon.
De tanto recitar plegarias, Dagda y Naudú se habían quedado ya sin dioses a los que encomendarse. Brigit se estrujaba la mente para comprender la lógica de la visión que había tenido de sí misma, encaramada en una roca envuelta por el fuego. Fomoré revivía un espanto del pasado a través del llanto incontenible. Conall tenía que reprimir con todas sus fuerzas el impulso de mandar dar media vuelta a los caballos, porque sospechaba que Divea le empujaría fuera del pescante para evitarlo y, acaso, Fomoré podía atravesarlo con el machete del que no se separaba jamás. Divea apretaba los párpados, a ver si los dioses le permitían ver la senda de la salvación tal como se la mostraron la noche que debía guiar a Galaaz y a Lugaro a través del bosque; pero no ocurría y el único camino que había delante de la carreta conducía a la muerte entre saltos y rebotes de la carreta sobre las piedras sueltas y las rodadas de otros carromatos. Los siniestros jinetes de acero iban a caer sobre el grupo antes de la llegada al dromon.
Fergus pensó que estaba obligado a hacer algo que les proporcionara ventaja, aunque no se le ocurría qué, dado que todo el paisaje a la vista no era más que ondulaciones de un mustio color verde, sin apenas árboles. ¡Qué indispensable era el bosque para los celtas! Toda su vida estaba condicionada por la espesura; sin un techo de copas arbóreas era como estar desnudo frente a la tempestad. Los enemigos conocían su dependencia del bosque y por eso lo incendiaban cada vez con mayor frecuencia. Tenía que forzar la mente y correr, porque no había tiempo para dudar. Comenzó a bajar el acantilado pero, a media altura, la prisa le obligó a saltar al agua. Sin tiempo apenas, no rodeó el casco del dromon en busca de la escala de cuerda; se lanzó furiosamente contra el maderamen de babor y trepó ahogado por los estertores. Por suerte, las armas más numerosas en el navío en el momento que se apoderó de él eran las ballestas; aunque tan precisas y bien elaboradas como la máquina del fuego griego, no iban a servirle de mucho frente a hombres revestidos completamente de acero reluciente, pero no disponía de nada más.
Tras ajustarse el tahalí, se encajó en el hombro un carcaj que atiborró de flechas y corrió con la ballesta en la mano, y saltó por la proa, donde sólo tuvo que recorrer pocos pasos en el rebalaje para alcanzar la playa. Volvió a subir el acantilado, y su corazón, aunque acelerado por el esfuerzo, estuvo a punto de paralizarse. A despecho de la impedimenta que debían de representar las armaduras, tan aparatosas que parecían capaces de aplastar a sus monturas, los hombres de acero habían ganado terreno. Brigit y los demás seguían estando un poco más cerca, pero su ventaja no podía bastarles.
Los seis compañeros habían llegado al mismo cálculo, y por ello presentaban deprisa cuentas a los dioses de su preferencia mientras suplicaban compasión a Inger y Gundestrun. Divea no paraba de tocar el frasquito colgado de su cuello, regalo de Galaaz.
Fergus echó a correr por la meseta que descendía suavemente hacia el valle. De cerca, el terreno no era realmente tan llano como aparentaba visto desde la cima del acantilado. Abundaban las trochas bordeadas de matorral, pequeños macizos de arbustos, peñascos descubiertos por la erosión de la lluvia y estrechos lechos de arroyos encajonados, que fluían suavemente como si no tuvieran prisa por llegar al mar. Le asombró que hubiera tantos tallos leñosos, aparentemente secos, cuando el verano no había hecho más que comenzar. Había zarzas espinosas por todas partes, alternadas con brezales y muchas enredaderas, pero con flores escasas. Al borde de una trocha que le ofrecía buen abrigo, dio una última ojeada para asegurarse de que, según la dirección de la cabalgada, los hombres de acero pasarían por ese punto. Cuando lo hubo confirmado, se agachó tras los matorrales que bordeaban la trocha hasta suponer que no sólo resultaba invisible, sino también imposible de descubrir para quien tratara de encontrar el origen de las flechas. Preparó la ballesta para un primer disparo y se dispuso a esperar.
No quedaba lejos la senda por donde Brigit, junto con Divea y el grupo, se aproximaban a la playa. Pasados unos instantes, le serenó un poco oír el relincho de los caballos espoleados y la voz de Fomoré, que gritaba a pleno pulmón “¡Cuchulainn!”, supuso que con la pretensión de sentirse poderoso y hacer creer que era tan invencible como el legendario héroe hibernés.
Fergus anticipó que iban a llegar a pie del dromon en seguida sin que los jinetes de acero se les adelantaran, pero necesitarían tanto tiempo para todo lo que debían hacer antes de zarpar, que los exterminarían. ¿Podría evitarlo? A fin de que al alcanzar el navío no se alarmasen por su ausencia y, asimismo, para que ellos se dispusieran a luchar, tenía que hacerles notar en seguida lo que estaba haciendo. En el momento siguiente, tendría a tiro al primero de los guerreros. Pensó tan de prisa como podía en tales circunstancias. Los hombres cubiertos de armadura sólo presentaban dos puntos vulnerables, las rendijas del yelmo que les permitían ver y las monturas. En movimiento, sería imposible atinar con una flecha en esas rendijas para cegarlos; atacar a los caballos sería más fácil, pero una flecha sólo sería efectiva sin conseguía acertar en la articulación de las manos delanteras. Alcanzado por una flecha en cualquier otro lugar, un caballo podía seguir cabalgando mucho tiempo.
La primera que disparó pasó bajo el animal sin clavarse y se perdió entre la hierba. Por suerte, los guerreros tenían la mirada demasiado fija en su objetivo como para darse cuenta y, además, supuso Fergus que el ángulo de su visión a través de la rendija del yelmo sería muy limitado. Tensó los resortes de la ballesta muy aprisa, pero había dejado de tener a tiro al primer jinete. Al segundo caballo sí que le acertó en el punto adecuado. Se derrumbó de golpe, lanzando al guerrero por encima de su cabeza. Fue como si hubiera una trampa ante él y así les pareció a los guerreros que lo seguían, que sofrenaron sus monturas instantáneamente, de modo que fueron topando los unos con los otros y varios más cayeron a tierra.
En la confusión resultante, ninguno se percató de que se había tratado del disparo de un venablo en la pata del animal. Por las trazas y por sus movimientos, parecieron buscar el obstáculo invisible que le había hecho tropezar. Ahora, consideró Fergus que no le convenía disparar de inmediato; debía esperar a que se pusieran en marcha, lo que parecía que iba a demorar un poco, porque aunque trataban entre dos o tres de aupar de nuevo a sus monturas a cada uno de los que habían caído, no resultaba la tarea fácil.
Fergus recordó al guerrero que se había adelantado y pensó en el daño que podía causar, aun solo. ¿Se atrevería Fomoré a plantarle cara? Anhelaba que sí, porque no podría resistir una nueva pérdida tan dolorosa como sería la de quedarse sin Brigit.
Como si hubiera escuchado su pensamiento y quisiera hacerse notar airada, viva y vigorosa, Brigit gritó a los dos hombres del grupo:
-Apresuraos a subir al navío y disponer la carga para el viaje. Ese guerrero que llega solo hacia nosotros será nuestra salvación.
Mientras hablaba, desmontó y, cogiendo un manojo de maleza leñosa, le prendió fuego en el candil que siempre transportaban encendido en el carro. Con la antorcha improvisada en la mano, les urgió a los cinco:
-¡Corred ahora, no os preocupéis por mí!
Se lanzó al encuentro del jinete mientras iba desparramando el fuego a su paso, comunicándolo a la abundante maleza pardusca. Toda ella leñosa y en buena parte seca, el fuego comenzó a avanzar en línea casi con la misma rapidez que Brigit corría.
Cuando el jinete se detuvo, renuente el caballo por la proximidad de la barrera de fuego, Brigit se apresuró alrededor de él extendiendo las llamas en un círculo del que no podría escapar. En seguida, eligió el peñasco más grande que había a la vista, se encaramó en lo alto y, erguida como una diosa, se puso a gesticular de modo exageradamente teatral, y exuberantemente, en dirección al caballista prisionero de las crecientes fogatas, mientras gritaba una retahíla de invocaciones muy sonoras aunque inconexas.
Pronto vio que estaba ocurriendo lo que previera. Los guerreros escucharon los gritos antes de ver las llamas y a su compañero en el centro. Sobrecogidos, todos hicieron la señal de la cruz y juntaron las manos para suplicar protección. Vieron con desolación que su camarada iba a morir si nadie le ayudaba a salir de la trampa que, sin duda, era producto de un sortilegio; tan perfectamente trazado y repentino parecía el círculo de fuego que no podía ser obra más que del mismísimo Belcebú. La bruja maldita había conseguido su propósito y contra esa clase de poderes infernales no había armadura que sirviera, por muy bueno que fuese el acero. Debían huir. Y lo hicieron.
La escasa luz crepuscular restante les bastó a los siete para cargar y sacar el dromon apresuradamente del abrigo.

66
Después de fondear el dromon en un recoveco aún más discreto y seguro que el de la Armórica, comenzaron de inmediato a buscar un camino que pudiera conducirles al nebuloso reino de Morgana. Pero recibieron durante varias jornadas docenas de respuestas evasivas, y con frecuencia hostiles, hasta que decidieron cambiar el método gracias a una ocurrencia de Dagda, la discreta sacerdotisa astur.
-Me llamo Dagda porque mi madre amaba esta vieja leyenda celta: Un príncipe se enamoró locamente de una muchacha que había visto sólo en sueños. Siguiendo las pistas de lo soñado, deambuló mucho tiempo por distintos países hasta reconocer los alrededores de un lago como el lugar donde su amada residía, pero encontró allí a quinientas doncellas, aprisionadas por parejas con gruesas cadenas de oro. El príncipe identificó en seguida a su adorada entre ellas, pero por mucho que intentó desligarla de su compañera, no lo consiguió. Atormentado por el amor no consumado, el príncipe suplicó ayuda a los reyes sin conseguir lo que tanto anhelaba, hasta que un druida le aconsejó que pidiera su mano al dueño del lago, el rey Ethal. Éste reconoció ser el propietario tanto del lago como de quienes allí vivían, pero no le concedió la mano de la amada, que se llamaba Dagda, ni consintió librarla de su encadenamiento. El príncipe penó noches y más noches intentando dormir para que el sueño se repitiera y, al no lograrlo, se desvelaba hasta el amanecer. Sin poder soportarlo más, declaró la guerra al rey Ethal y le venció. Tampoco entonces pudo éste entregarle a Dagda; le informó de que ella y todo el lago eran presas de un sortilegio y la amada, igual que sus compañeras, se convertía en cisne los años impares. Desesperado, el príncipe corrió hacia el lago, pero llegó justo la noche de Halloween, cuando, por comenzar el año, se producía el cambio, y por lo tanto no encontró a quinientas doncellas sino quinientos cisnes. Desconsolado, el príncipe se arrodilló junto al agua suplicando ayuda a los dioses, quienes se compadecieron e hicieron que él también se convirtiese en cisne. Aun con la forma del ave, reconoció a Dagda y se puso su lado, cosa que ella aceptó complacida. Se sentían tan felices el uno junto al otro, que comenzaron a cantar y con ello se durmieron los demás cisnes, el lago y cuantos vivían en sus contornos. Inclusive ellos mismos. Cuando despertaron, el sortilegio se había desvanecido y el príncipe y Dagda estaban abrazados en la orilla con sus cuerpos verdaderos. Su amor había sido más poderoso que los hechizos y vivieron desde entonces felices. Si, tal como aseguran, la druidesa Morgana posee tanto poder, no seríamos nunca capaces de encontrar su reino ni el lago donde vive. Nos desviaría con trucos y espejismos y nos confundiría a cada paso. Por ello, creo que no debemos preguntar jamás por ella ni por su reino, porque muy pocos lo sabrán y quien lo sepa nos mentirá por su influjo. Jamás pronunciemos el nombre de Morgana bajo ninguna circunstancia. Preguntemos sólo por un lago donde podamos nadar como cisnes.
La propuesta resultaba descabellada para el sentido práctico de Fergus pero, curiosamente, Fomoré se mostró de acuerdo. Naudú calló su opinión, pero no así Brigit, que dijo:
-Ignoramos el camino que conduce a la druidesa eterna y nunca he visto un país más tétrico que éste, en todos los sentidos. Hay tinieblas en el bosque, pero también la gente parece envuelta en ellas y ni con todas mis fuerzas consigo ver más de lo que cualquiera vería. Como si se sintieran apesadumbradas por algo que no pueden soportar, estas personas no nos dan respuestas claras ni confían en nadie. Aunque vestimos como si fuésemos cristianos, ya habéis visto el recelo con que todos nos miran. Nunca nos van a dar una respuesta definitiva, y si, como afirma Dagda, están sometidos al influjo de esa druidesa, jamás nos dirían la verdad aunque la conocieran. Pero nosotros sabemos que Morgana reina en algún lugar cercano de estas tierras. Así que ¿por qué no preguntar por cisnes? Aunque no los haya, por lo menos nos informarán de dónde hay lagos. Si no a la primera ocasión, seguramente llegará un momento en que encontremos un lago que sea verdaderamente el reino de Morgana.
-Eso haremos –dispuso Divea.
Con tal resolución, cruzaron distintos bosques sin resultado. Lagunas y ciénagas había muchas, todas envueltas en la niebla y el miedo. Fracaso a fracaso, comenzó a crecer entre los siete la impresión de que la espesura sin celtas era un lugar temible o, al menos repelente. Eran consustanciales: los celtas no podían vivir sin bosques, pero tampoco éstos eran acogedores ni alegres sin celtas. Cada jornada, el desaliento ganaba espacio en su ánimo. Por turno, todos propusieron dar media vuelta y abandonar el intento, y hasta la muy disciplinada y ferviente Divea sintió que flaqueaba su determinación de obedecer los mandatos de los druidas que aceptaban instruirla. Deseaba acatar la orden de Partholon, pero llegó un momento en que dudó que pudiera visitar un lugar que parecía no existir.
Estaban a punto de abandonar la exploración cuando una campesina les habló de un plácido lago donde los cisnes podían nadar, pero era imposible encontrarlo si no se dominaban raras ciencias antiguas. Y aún poseyéndolas, el bosque se cerraría ante ellos para impedirles el paso. Comprendieron que no podía ser otro que el reino de Morgana y acordaron realizar un último intento.
Tal como la campesina les había anunciado, dieron con una espesura que, existiendo, parecía no existir. Vislumbraban recortado en la niebla un hermoso árbol y al instante siguiente ya no podían verlo. Era como si los robledales y hayedos retrocediesen conforme avanzaban hacia ellos y al final se disolviesen en la bruma casi sólida. Pero poco a poco fueron comprendiendo que sus percepciones estaban siendo afectadas por algo que no comprendían, aunque sabían con seguridad que ya circulaban bajo la arboleda más lóbrega y misteriosa de sus vidas.
-Presiento que encontraremos en este bosque a muchos hombres sin rostro –dijo Conall al oído de Divea, como si temiera alertar a un guardián celoso e iracundo-. Galaaz nos previno en su contra, así que aún hemos de tropezarnos con ellos, puesto que a los únicos sin rostro que nos hemos enfrentado hasta ahora bastó Brigit para vencerles.
-No olvides que el aviso de Galaaz se ha cumplido, Conall –disintió Divea-. También hemos visto ya a los cetrinos desmujerados, y ni siquiera tuvimos que enfrentarnos a ellos. Así mismo, los dioses guerreros de Brocelandia no eran enemigos que debiésemos temer excesivamente, salvo porque se llevaron a Alban con ellos a una guerra cruel. Puede que todo lo que tuviéramos que temer de los hombres sin rostro fuera aquella carrera tan angustiosa en busca del navío.
-De cualquier modo, nos falta enfrentarnos a las cruces sangrantes...
-Aún no nos toca ese encuentro –dijo suavemente Brigit, causando un sobresalto a Conall y Divea, que viajaban en el pescante a cierta distancia de donde cabalgaba la voluptuosa sibila -. Debemos temer mucho más lo que vamos a encontrar en estos bosques tan fúnebres.
-¿Tienes idea...? –Divea no acabó la pregunta.
Daba la impresión de que la sibila intentaba que nadie más estuviera totalmente seguro de su condición, y por ello la futura druidesa rozaba siempre ese aspecto de su personalidad con discreción.
-Sí, Divea. Aún tendremos que superar esa clase de dificultades.
De improviso, un caballista cubierto de armadura se plantó ante ellos con ademanes muy ampulosos, indicándoles que se detuvieran. Lo alarmante era que llevaba la pesada espada desnuda blandiéndola en la mano derecha alzada.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Otros seis capítulos gratis de mi novela EL OCASO DE LOS DRUIDAS


Hoy os ofrezco la lectura de los capítulos 55, 56, 57, 58 (comienzo del tercer libro), 59 y 60. Esta novela ha vuelto a mi propiead expclusiva porque la editorial ha incumplido clamorosamente los contratos
A primeros de año, podr´ñeis leer lo mejor de mi obra
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y otros cinco, donde ya podéis leer completas las noveas La desbandá y Los pergaminos cátaros, completamente gratis.
55
Faltaban sólo cinco días hasta la fecha elegida para abandonar Brocelandia y sentían cierta tristeza y algo de vértigo por el temor a lo desconocido, dado que los dos países a los que tenían que dirigirse residían en las brumas de todos los misterios y las leyendas más terroríficas de las tradiciones celtas.
Tras un recuento de la luna y media pasada en ese bosque maravilloso, Conall notaba que no había avanzado gran cosa en la consecución de sus planes, porque la intensa preparación recibida del bardo Goiniu abarcaba sobre todo artes como la poesía y la música, y aspectos formales de los ritos. Poco más. Nada que pudiera servirle de verdad si un día se encontraba ante la oportunidad de ejercer de druida, y por lo tanto continuaba pendiente su propósito de ser capaz de parecer sabio. El de librarse de Alban, ahora le parecía una posibilidad inminente y sin tener que hacer nada. El de prepararse para poder suplantar a Divea llegado el momento, cada vez le parecía más inalcanzable.
Por su parte, Divea había confirmado que Fergus llevaría consigo a Brigit, y todavía no había encontrado la oportunidad de hablar a solas con ella. No podía postergarlo más sin faltar gravemente a sus responsabilidades de futura druidesa, porque no le estaba permitido dudar ni sentir miedo, ni vacilar en la toma de decisiones.
La predicción divina sobre la desaparición de Alban de su vida, no parecía que fuese a cumplirse en el bosque de Brocelandia; por lo tanto debía concentrarse en la resolución de lo relacionado con la enigmática mujer de pelo cobrizo. El problema era que no convenía que ningún miembro del grupo supiera de esa conversación, pero Brigit pasaba todo su tiempo al lado de Fergus, lo que hacia imposible la discreción indispensable si ella deseaba mantener el secreto de su condición.
Tuvo que recurrir a la ayuda de Partholon.
-Señor, ¿me está permitido pediros un favor?
El druida sonrió. ¡Cómo admiraba a esa juiciosa y sabia muchacha, y cuánto iba a sentir su marcha!
-Se te permite.
-No ignoráis que son muchas las voces que murmuran sobre la naturaleza verdadera de Brigit. Hay quien afirma que podría ser una sibila. Sabéis bien, porque forma parte de las enseñanzas que tan generosamente me habéis dado, que yo tendría que conocer esa condición si fuera cierta, a fin de cumplir de la manera más conveniente mis cometidos de druidesa. Dado que se dispone a viajar con mi grupo a Anglia, debería hablar a solas con ella sin conocimiento de quienes viajarán conmigo. ¿Existe alguna posibilidad de que vos me facilitéis que pueda mantener esa entrevista en secreto?
-Sí, hija mía. Existe y así se hará. Ve con el Sol alto a la morada de Goiniu. Él te conducirá a donde Brigit estará esperándote.
Llegada la hora en que el Sol brillaba en el centro de su recorrido diario, de manera que los cuerpos apenas proyectaban sombra, Divea fue a visitar al bardo Goiniu.
-Querida niña, el gran druida me ha dado una orden que ha modificado en parte lo que te había dicho esta mañana. Yo no te conduciré a donde Brigit te espera, porque tú debes descubrir ese lugar usando tus deducciones a partir de tres palabras que yo te diré. Así, desea Partholon comprobar si has aprovechado sus enseñanzas. ¿Estás de acuerdo?
-Debo obedecer, Goiniu. Pero me da miedo decepcionar al gran druida.
-No temas, Divea. No lo harás.
-¿Cuáles son esas tres palabras?
-Agua, roca y amor.
-¡Oh!
El bardo sonrió.
-No te apures, muchacha. No es tan complicado...
-Pero es que en este bosque hay veneros de agua y arroyos por todas partes. He visto peñascos magníficos, muy numerosos, en todos mis desplazamientos en busca de hierbas. Y de amor, alabanzas sean dadas a la madre Dana, sobra en todos los corazones. ¿Cómo voy a encontrar la solución en un momento, si se trata de que Brigit está esperando?
-Sí, está esperándote ya. Y te repito que no te apures. Sólo tienes que pensar en cuanto has visto en Brocelandia. Los dioses te inspirarán la solución. Ahora, ve.
Divea salió de la hermosa cabaña circular del bardo con la mente en blanco. Pocos pasos más adelante, se detuvo. Agua, roca y amor. No eran tres pistas, sino una sola. Tenía que pensar en un punto donde esas tres palabras cobraran sentido al mismo tiempo y no por separado. Y debían referirse a un lugar no lejano ni inaccesible. Sintió algo de vértigo, a causa del esfuerzo de pensar con rapidez y la necesidad de hallar la solución a tiempo de que Brigit no llegase de desesperar. Pocos días antes, habían celebrado un rito de la fertilidad en honor de Ainé, la diosa del amor y la pasión, que no había tenido lugar en el nementone. Lamentablemente, ella no había podido asistir, vetada por sus quince años. Casi estuvo a punto de ruborizarse recordando los comentarios aislados que había escuchado sobre el desarrollo del ritual. ¿Dónde estaba ella cuando partieron hacia el sitio de la celebración? Un pequeño esfuerzo bastó para caer en la cuenta de que no los había visto partir, pero sí recordaba el retorno, aunque dado el estado de euforia ebria de los celebrantes, habían regresado alborotando y desde varios puntos. Pero tenía clara la dirección aproximada de donde procedían todos.
Echó a correr hacia ese punto y muy pronto tuvo que detenerse ante el cauce de un arroyo tumultuoso que descendía veloz entre raudales. Agua y roca, pero todavía no podía combinarlas con amor. Como no podían haber cruzado ese río, dedujo que tenían que proceder de más arriba, siguiendo el torrente.
Encontrar el lugar sólo le costó unos momentos más. Descubrió antes el brillo rojizo del pelo de Brigit que las características que resumían muy obviamente las tres palabras del bardo. El río caía por una pequeña cascada en una poza de belleza deslumbrante, encajada por el fondo entre rocas blanquecinas y por el lado donde Brigit esperaba, bordeada de flores con una abundancia tal, que el verde quedaba oculto por el bordado multicolor, en el que reconoció gran abundancia de camomila, tomillo, hisopo y orégano, que llenaban en aire con un aroma penetrante. Aunque no tan abundantes, vio también flores de lavanda y de salvia, por lo que un hálito de magia hacía que el lugar pareciera irreal. Aislado casi en el centro del manto de flores, había un monolito semejante a los del campo de las piedras clavadas, pero éste era una pulida roca blanca coronada por una imagen muy hermosa de la diosa Ainé.
Brigit no le sonrió, pero no había hostilidad en su expresión.
-Sé lo que quieres, Divea.
-Pues si lo sabes, estás respondiendo afirmativamente mi pregunta.
-Así es.
-¿Te causa dolor?
-Desde que empecé a pensar, Divea, antes de conseguir andar. Pero con el paso de los años, he aprendido a vivir con mi naturaleza.
Divea recordó que en la reunión donde la vio por primera vez Brigit no había contado ninguna desgracia personal, y sólo habló de aquel príncipe encadenado por su padre para que no se convirtiera en un rey perverso. Si había sufrido tanto como decía, ¿por qué no hablaba de ello?
-Porque hay demasiado dolor sangrante entre los refugiados de este bosque –respondió Brigit a la pregunta que Divea sólo había forjado en su pensamiento-. Las que son como yo deben conseguir dureza de acero, para no sumar su dolor al que tanto abunda en el mundo. ¿Guardarás mi secreto o tendré que huir de nuevo?
La pregunta sirvió para que Divea comenzara a sospechar cuál podía haber sido el motivo de que la mujer de pelo rojizo se hubiera refugiado en Broceladia. Notó que Brigit asentía muy levemente, como si confirmase esa sospecha, pero al momento vio que se abatía igual que si recibiera un mazazo en la cabeza.
-Corramos, Divea. Algo tremendo ocurre.
No tardaron mucho en llegar al nementone, donde había mucho movimiento. Alzados como dioses guerreros sobre sus monturas, diez de los cuarenta y nueve que hicieran aquella vistosa exhibición de monta el día de su llegada al bosque, llamaban apresuradamente a los hombres.
-No somos suficientes para frenarlos –gritaban-. Debéis acompañarnos al menos cincuenta a caballo. Daos prisa.
Divea y Brigit supieron en seguida lo que ocurría, gracias a los comentarios de la multitud alborotada que se había reunido en el claro. Un ejército muy bien pertrechado, cubiertos los hombres de armaduras y los caballos de lorigas, avanzaba con dirección al principal poblado del bosque y no lo hacía con buenas intenciones.
En seguida comenzó a oírse desde todas las direcciones el trote de los caballos. Los celtas respondían en masa la llamada de los dioses guerreros y Divea vio con desolación que Alban, Fergus y Fomoré se sumaban al ejército improvisado. ¿Qué iba a pasar con ellos y con la prosecución de su viaje de iniciación?
Sintió que Brigit acercaba los labios a su oído para susurrar:
-Partirás en la fecha prevista, pero con un hombre menos, y los invasores serán derrotados antes de que el Sol despierte de nuevo.
De tal modo comprendió Divea por qué había dicho su bisabuelo que debía temer a los dioses guerreros. Se cubrió el rostro echándose a llorar, convencida de que su fiel escudero Alban no volvería de la expedición.


56
Conall salió de su escondite cuando el relente de la noche comenzó a resultarle insoportable. Llevaba ocultándose desde el Sol alto, cuando los guerreros del bosque acudieron a pedir voluntarios.
Día a día, sentía crecer y multiplicarse las contradicciones dentro de su pecho. A lo que había sentido en el momento de oír la convocatoria no le encontraba explicación. En primer lugar, experimentó rabia porque los invasores pretendieran destruir un lugar donde los celtas vivían con tanta placidez. Segundo, una alegría ácida, cuando vio partir a Alban y recordó la advertencia de Galaaz contra los dioses guerreros, recuerdo que le hizo sospechar que jamás volvería a ver al gigantesco muchacho. Tercero, miedo; pero se trataba de un miedo impreciso, porque no se consideraba cobarde. Volvió de nuevo el presentimiento que le rondaba hacía tiempo de que se olvidaba de algo.
Si no era cobarde, ¿por qué lo primero que pensó fue en buscar un lugar recoleto donde no pudieran encontrarlo? Trató de convencerse de que el motivo debía de ser su determinación de convertirse en druida a pesar de tener todas las posibilidades en contra, y si se escondía en momentos de grave peligro era sólo para preservar la sagrada vida de un futuro druida.
Por una razón que no supo explicarse, su memoria evocó la escena que había protagonizado Fomoré en el riachuelo, el rito en medio de un nementone improvisado en la orilla y el lanzamiento de flores al agua. ¿Qué tendría que ver el acto de Fomoré con su miedo o con su futuro druídico? Cada vez se sentía más confuso.
Y esa confusión aumentó cuando, a la mañana siguiente, fueron volviendo los dioses guerreros y los voluntarios. Gritaban aclamaciones victoriosas porque habían conseguido rechazar a los poderosos invasores, pero transportaban a muchos heridos y Alban entre ellos. Lo traían en unas parihuelas compuestas con un manto y dos troncos de abedules jóvenes. Creyó por un instante que estaba muerto, tan extrema era su palidez y tan enorme la extensión de las manchas frescas de sangre en su ropa. Alban había dejado de ser un obstáculo en su camino, y en vez de júbilo sintió algo semejante al cansancio.
¿Qué sucedía en su pecho? Temía sentir furor cuando Divea descubriera que su escudero regresaba moribundo y se volcara en lágrimas. Pero ¿por qué iba a sentir ese furor? Echó a correr para alejarse del poblado cuando comenzó a oír los lamentos y las invocaciones de quienes acogían a sus moribundos.
Gwynna fue una de las primeras en correr a recibirlos, puesto que una mirada ansiosa le bastó para advertir que Alban no volvía a lomos de su caballo, ya que su estatura descollante le haría ser visto de inmediato. La bella joven helvética había pasado la noche en vela, resistiendo los reproches de su padre:
-Apenas lo conoces, Gwynna, y él está de paso. No tortures tu pecho con algo que no puede ser.
Pero no quería evitarlo. El sentimiento era lo más fuerte que sintiera jamás. Le daba vergüenza reconocer ante su propio pensamiento que ni siquiera el dolor de haber visto el martirio de su madre y sus hermanos había sido tan poderoso como el aturdimiento que se apoderó de su pecho desde que él depositara aquellas flores a sus pies. Verlo en el estado que presentaba, en un manto sanguinolento colgado entre dos troncos, retorció su corazón de tal modo, que ni siquiera llorar le fue posible. Perdió el aliento en busca de ayuda para conducirlo a su cabaña, con el propósito de acomodarlo sin daño, y suplicó a Goiniu y a Partholon remedios que le permitieran retener la vida que se le escapaba.
Perplejo y sin saber qué hacer para consolar a su hija, Arthan fue en busca de Divea y el resto del grupo. Una vez que se reunieron todos en torno al jergón donde Alban agonizaba, la futura druidesa notó en la frente de su escudero la huella del dedo indicador de Inger. Arrebatada más por la rabia que por el dolor, posó las manos en esa frente pálida y sin calor apenas, rogó a Gundestrun que borrase la señal de la valkiria, a Karnun que renovase el aliento del bosque en el pecho de Alban, a Ogmios que le devolviera la sangre que había derramado en la guerra y a Dana, que no dejase de ser la amantísima madre de quien tan generosamente la honraba.
Cerró los ojos con los párpados apretados, a ver si se le revelaba en mágicos azules el camino que estaba a punto de emprender Alban, pero las formas que logró entrever no representaban un camino ni se referían al magnífico escudero. Significaban horror, y en el centro estaba ella.
Se acercaba la madrugada sin que los dioses respondieran la súplica. El enorme y poderoso cuerpo derrumbado parecía ahora escuálido, desvalido. No había movimiento que revelase que vivía y su pecho semejaba haber perdido la capacidad de respirar. A los seis compañeros de Alban les pareció que Gwynna se preparaba para morir en el momento que expirase quien le insuflaba un imprevisto deseo de vivir.

57
Cinco días más tarde, Divea fue a visitarlo por última vez junto con el resto del grupo, dispuestos ya a emprender viaje. Aunque muy preocupada y devotamente entregada a su cuidado, Gwynna sonreía serenamente feliz junto al cuerpo derrotado de Alban. Pasada la que a todos les había parecido una prolongada agonía, ahora tenían claro que la derrota iba a ser pasajera.
-Ve tranquila, aquí sanará pronto aunque creas que está muriéndose – le dijo Gwynna a Divea-. Partholon me lo ha jurado.
-Lo cuidaré como si fuera mi hijo –aseguró Arthan, el padre de Gwynna-, te lo prometo en nombre de los dioses-. Sé que Belenus me inspira.
Todos comprendieron que consideraba que el muchacho, con su inmensa humanidad, podía llenar una parte del hueco que sus propios hijos muertos habían dejado en su corazón.
-Cuando despierte –añadio Gwynna-, le diré lo mucho que sus compañeros sentís que no vaya con vosotros.
Divea contemplaba la escena consciente de que no sentía más que preocupación por la salud de Alban, y ninguna otra emoción. Se preguntó cuándo había dejado de amar a su escudero si es que lo había amado alguna vez. Por más que rebuscaba en su pecho, no hallaba la menor sombra de algo parecido a los celos mientras miraba a la hermosa muchacha helvética, tan posesiva en esos momentos, abrazada al cuerpo herido. El padre, no paraba de salir y volver con elixires preparados por Partholon, y cada vez que abría un pomo, Gwynna preguntaba una y otra vez las indicaciones del druida, para asegurarse de actuar con tino.
La futura druidesa llegó a la conclusión de que lo único que había sentido por Alban era admiración y deslumbramiento juvenil ante un físico tan espectacular, del que las amigas de su edad hablaban a todas horas. Evocaba los cruzamientos de miradas en el bosque de Santa Tecla, sus ojos elusivos y sus rubores frente a él, y aunque no había pasado tanto tiempo, le parecían actitudes demasiado pueriles, impropias y lejanas, que le causaban algo de vergüenza.
Tenían todo preparado para el viaje.
La carreta iba muy sobrecargada, porque todos en Brocelandia habían querido obsequiarles algo. Conall, en el pescante, contenía con las rienda a los caballos con los que el druida les había obligado a sustituir los bueyes, asegurándoles que los territorios que iban a recorrer no eran muy escarpados y así podrían terminar antes de que llegasen los rigores del invierno, muy duro en las islas de Anglia e Hibernia. Sumaban más mujeres que hombres, porque Alban no iba con ellos y, en cambio, sí lo hacía Brigit. Seguían siendo siete, pero ahora eran cuatro las mujeres. Fergus expresó su temor de no poder gobernar bien el dromon con tan escasa ayuda, pero en ese momento descubrieron otra faceta de Brigit:
-Si prefieres a un hombre en mi lugar, es que no me conoces ni me mereces.
Lo había dicho dulcemente, pero todos comprendieron la magnitud de su determinación en su voz metalizada a causa del tono contenido de rabia.
La respuesta de Fergus fue echar a Brigit un brazo por los hombros, muy ufano.
Conall giró la cabeza hacia el gálata. ¿Cómo podía quejarse a esas alturas de no poder manejar el navío con un hombre menos, si a todos les decía que había atravesado de parte a parte el Mar del Centro de la Tierra, tripulándolo él solo? Durante la travesía desde la tierra de los astures, había contemplado infinidad de veces la cubierta del dromon y los veinticuatro bancos para remeros, vacíos, diciéndose que era imposible que un hombre hubiera podido gobernarlo sin ayuda de nadie. La convicción de que mentía se reforzó en el momento de la partida, mientras se preguntaba en qué punto del viaje podría deshacerse de él.
Con todo preparado para echar a andar, tan sólo aguardaban que acudiese Partholon para encomendarlos a la diosa y despedirles.
Esperaban su llegada, pero no el despliegue con que acudió. Le acompañaban otros dos druidas, tres bardos y doce sacerdotisas, más un número impreciso de sirvientes, difíciles de contar porque todos iban aparatosamente coronados de flores de valeriana y campánulas, y llevaban grandes ramos en las manos de centaurium blancas, amarillas y, sobre todo, rosadas, que fueron echando sobre la carga de la carreta, entregando después ramitas de muérdago a cada uno de los siete. Los viajeros se vieron rodeados por la comitiva, hasta formar un círculo perfecto, en cuyo centro compusieron uno más pequeño a base de flores. Los tres bardos comenzaron a tañer sus liras con una melodía alegre y melancólica a la vez. Consternada por tanta aparatosidad, Divea estuvo a punto de expresar una queja desde su modestia, pero una mirada de Brigit la detuvo. Se resignó al homenaje, que le parecía propio de una reina, y aguardó con la cabeza inclinada que Partholon hablase desde el centro del círculo de flores:
-Ya eres druidesa en la cabeza de los dioses, Divea, a pesar de que todavía no te esté permitido oficiar, y no por tu juventud, sino porque primero debes completar este viaje, pero llevas en la frente el signo de la madre Dana y en el corazón, el ímpetu y la fuerza de Cernunnos. Quienes estamos obligados a ver donde otros son ciegos, reconocemos en ti el poder que te ha sido concedido y por ello vaticino que serás renombrada y celebrada en todo el continente. Tu bisabuelo, el druida Galaaz, descubrió que habías sido elegida por los dioses y ello no solamente lo honra, sino que le hará ganar la consideración de mi pueblo y de todos los pueblos celtas de Europa. Cuando vuelvas a él, y aunque yo no lo conozca, dale de mi parte este obsequio – depositó una figurilla de oro en la mano de Divea- y felicítalo de mi parte, por ser quien es y por la sabiduría que te ha transmitido. Por consideración a él es doblemente indispensable que redondees tus aciertos culminando con bien este viaje de iniciación.
En este punto, Partholon miró el elixir contenido en un cuenco que le ofrecía una sacerdotisa que, después de tomar el druida un sorbo, lo fue ofreciendo también a los siete viajeros.
-Siente en tu cuerpo el poder de Karnun y el fuego de Brida –en efecto, Divea experimentó el paso del elixir por su esófago como si fuese un río de lava-, y graba en tu mente tres deberes que debes acabar de cumplir en la próxima etapa de tu viaje, antes de llegar a Hibernia. Has de dominar el saber sin jactarte de él; has de atreverte a cuanto te exija la condición de druida, sin amilanarte; has de ser capaz de guardar silencio sin revelar jamás lo que te sea confiado.
Partholon rebuscó entre los pliegues de su túnica. Extrajo un pequeño disco de jade decorado con las cuatro madejas entrelazadas en una cruz gamada, el viejo y universal signo de los celtas; lo depositó en la mano de Divea, que retuvo con su izquierda mientras alzaba la derecha y decía:
-Madre Dana, conduce a tu hija Divea con bien hasta el gran nementone de piedra de los anglos, revélale tu luz al amanecer del solsticio y vela por ella y sus seis acompañantes, para que puedan afrontar sin temor ni contratiempos el encuentro con la druidesa eterna, Morgana, a quien los mortales ignoramos si has perdonado. Mas es Divea la única druidesa que yo conozca capaz de conmover a Morgana para que le entregue los saberes que sólo ella posee y que hasta ahora se ha negado tozudamente a compartir con ningún otro druida.
Divea estaba paralizada. No era capaz de expresión alguna y fue, por tanto, imposible agradecer a Partholon sus bendiciones y obsequios. Nadie le había hablado hasta ese momento de presentarse ante Morgana, la idea más terrorífica que podía imaginar.

TERCER LIBRO
Con los Anglos
58
Tenían ante sí las etapas más amedrentadoras y, al mismo tiempo, más fascinantes del viaje. Durante un corto y meditabundo paseo de despedida que quiso hacer a solas entre los grandes monolitos clavados en la tierra, Divea compuso un ramito de clavellinas y peonías para derramar buenos presagios sobre la cubierta del dromon, lo que sirvió de consuelo a los demás pero no a ella. Tenía sólo quince años, cuestión que nadie parecía recordar puesto que se tomaban su futura condición druídica como si ya hubiera sido consagrada; pero aunque sentía crecer rápidamente sus conocimientos, ella no podía evitar desfallecer a veces, como ante la idea pavorosa de presentarse ante Morgana. Si existía en realidad y no era una quimera; todas las leyendas celtas amalgamaban realidad y fantasía, lo que también podía suceder con la de Morgana.
En la primera parte de la travesía, tuvieron que rodear una larga banda de tierra que se adentraba en la extensión marina hacia el sur. En cuanto se enfrentaron al océano al rolar hacia el norte, encontraron turbulencias aterradoras y les exigió a todos crujidos de huesos y copiosos sudores conseguir contornear la Armórica, porque el navío se balanceaba a merced de las olas como un carrusel enloquecido. Obsesivamente al mando del timón, Fergus comparaba la gris y vertiginosa superficie del agua con la que había surcado en su primera travesía desde Bizancio, casi siempre de un terso color turquesa. Ahora, por contraste, recordaba aquel paisaje marino como vivificante, a pesar de las circunstancias espantosas que sufría entonces. Todo lo que ahora veía delante de la proa era un horizonte impreciso y agitado, limitando un universo de montañas líquidas entre las que el dromon parecía una frágil barquichuela en poder de un espíritu hostil.
Pero ese paisaje bamboleante se esfumó al llegar al punto situado más al norte de la Armórica. Iba a comenzar el verano, pero allí parecía invierno. La capota gris que cubría el firmamento era como un manto gélido tendido sobre los peores presagios, aunque el movimiento del agua fuese menor, lo que muy pronto resultó ser la más errónea de las estimaciones. En el punto donde descubrieron que el perfil isleño que veían al otro lado del mar parecía más cercano que la costa situada al oriente de la punta rocosa, el mar simulaba haberse rendido al poderío de las dos orgullosas tierras que lo encajonaban. Por ello, Fergus decidió cruzar cuanto antes lo que daba la impresión de ser un gran río más que un brazo de mar.
Decidieron intentar el cruce con el primer viento favorable, tibio y saturado de aromas del bosque de Brocelandia que todos comenzaban a añorar. Tenían ante sí demasiadas dudas e incertidumbres y, por comparación, lo que dejaban atrás brillaba en su ánimo como el paraíso perdido.
Pero el mar decidió contradecirse a sí mismo y lo que les parecía calma era marejada; pronto el navío crujía como si un demonio quisiera desbaratarlo. Una corriente muy fuerte, que resultaba imperceptible en la superficie más o menos lisa, comenzó a escorarlo hacia estribor, a pesar de que tenían viento claro de popa.
-¡Desconfío que esto es una maldición de los dioses por algo impropio que hemos hecho! –exclamó Conall, encogido de pavor junto al timón.
Fergus contuvo su ironía, porque le parecía ridícula esa actitud en un muchacho fuerte y sano que estaba preparándose para adquirir el elevado rango de bardo.
-Los dioses nos exigen enfrentarnos a la Naturaleza tal como es –aseguró Divea, con gran dulzura-, sin ajustarla a nuestras conveniencias. Yo afirmo que es el libre albedrío lo que debe dictarnos la oportunidad de afrontar o no los riesgos, sin dejar de invocar la ayuda de la madre Dana.
Mas todos creyeron durante el cruce hacia la isla que iban a naufragar y morir, a despecho del convencimiento de que la presencia de la futura druidesa era una garantía para sus vidas, ya que serían salvadas por lo dioses al tiempo que preservaban la de la muchacha. Inclinado el casco del dromon hasta el punto de que la horizontalidad de cubierta llegaba casi a situarse en vertical, todos estaban lívidos y vomitaban hasta los muy curtidos, como Fomoré; sólo conservaron la compostura Divea y Fergus. Nada se mantenía en pie en cubierta y, en el sollado inferior, los caballos pugnaban por desatarse y correr de estampía, lo que habría duplicado el peligro de naufragio.
Cuando, algo desviados del rumbo norte hacia estribor, avistaron en la costa un sorprendente acantilado blanco, alguno de ellos llegó a preguntarse si habrían naufragado sin notarlo sus sentidos y ahora sus espíritus se acercaban a la morada de los dioses. En contraste con el oscuro cielo encapotado y el gris de apariencia sucia del mar, ese acantilado refulgía de modo irreal.
-¿Has visto nada igual en algún sitio? –preguntó Divea a Fergus.
-Ciertamente, en Bizancio abundan las islas con acantilados verticales como esos –respondió el gálata-, pero ninguno tan blanco. Nunca he visto nada parecido.
-Parece un castro construido para los dioses –dijo Conall.
-Pues aún así, no es donde me ha dicho Partholon que debemos buscar a nuestros congéneres –declaró Divea con firmeza.
-Así es –afirmó Fomoré-. El gran bosque se encuentra cerca de una ribera oculta detrás de un islote y, según las indicaciones del gran druida, tiene que estar más hacia occidente, pero también al borde del canal que hemos cruzado.
-¿Podemos navegar en esa dirección? –preguntó Divea a Fergus.
Conall apretó los labios. ¿Por qué aceptaba Divea el razonamiento de Formoré sin más discusión? Brigit se adelantó a cualquier otro argumento y, pidiéndole la venia con una inclinación de cabeza, también se anticipó a la respuesta de la futura druidesa:
-Debemos buscar un refugio para el navío y dormir, porque llegar a ese gran bosque va a tomarnos toda una jornada. Está en aquella dirección.
Su mano alzada señalaba un punto muy concreto a babor del navío. Fergus sonrió, ufano, pero buscó la mirada de Divea, que asintió de manera casi imperceptible. Obtenida su conformidad, ordenó:
-Dagda, Nuadú y Conall, preparad el ancla, porque fondearemos cerca de aquel abrigo, y tú, Fomoré, sitúate a proa y mira con mucha atención el mar, para avisarme con tiempo si vieras escollos. Pronto, que no falta mucho para que oscurezca.
Tras una noche sin contratiempos, la navegación de cabotaje fue al día siguiente mucho menos azarosa y encontraron con facilidad la boca que Partholon describiera a Fomoré. Comenzaba de verdad la aventura en Anglia. Una vez fondeado el dromon, descargaron en seguida la carreta y los animales. Fergus se empecinó en no abandonar el navío, porque no había encontrado un escondrijo tan reservado como el de la tierra de las piedras clavadas. Brigit quiso quedarse para acompañarlo, pero él repuso:
-Divea va a necesitarte mucho más que yo. Ve tranquila, que me valgo solo y no vais a tardar más que un par de días.
Mas en los ojos de la sibila había un abismo de sombras. Fergus notó que apretaba los labios como si quisiera silenciarse a sí misma.
-¿Son malos tus presagios? –le preguntó.
-Veo fuego y acero a nuestro regreso, en el borde de esta playa. Veo el sobrecogimiento de todos nosotros, pero no consigo distinguir nada más, porque en la visión yo estoy alzada sobre un peñasco, gritando entre llamas al atardecer.

59
Partió la comitiva la segunda madrugada tras la llegada a Anglia y una jornada antes del solsticio de verano. A todos les atenazaba una emoción muy intensa que llegaba a dificultarles respirar, aturdidos por encontrarse en un país tan mitificado por las tradiciones de su pueblo. Pero también era un lugar del que habían sabido muy poco las generaciones más recientes. Por lo tanto, la imaginación de todos ellos identificaba o recreaba la realidad circundante sólo a partir de leyendas antiguas, sin información veraz de las vicisitudes presentes de los celtas del lugar.
Sentada en el pescante junto a Conall, Divea lo examinaba todo al pasar, tratando de reconocer las referencias de Partholon. Los otros cuatro marchaban a caballo; Fomoré cabalgaba emparejado con Brigit por la izquierda; las sacerdotisas Nuadu y Dagda flanqueaban el carro por la derecha. La vegetación no era demasiado abundante; se trataba de praderas extensas, de un verde que hallaban mustio, donde los árboles eran escasos.
-No parece que podamos tropezarnos con clanes por aquí –dijo Conall muy bajo, porque deseaba que sólo Divea le oyera.
-Partholon asegura que hemos de recorrer un bosque grande antes de encontrar el gran nementone de piedra –repuso Divea-. No hace mucho que él recibió varias visitas de parte del gran druida, que se llama Goibniu. Partholon me aseguró que no era un druida muy viejo y, por lo tanto, debe vivir todavía.
-Pues a lo mejor no hemos tomado tierra en el punto correcto –Conall detestaba los territorios demasiado despejados, como la campiña que atravesaban en esos momentos, y ansiaba sentirse bajo el amparo del bosque.
-Sí lo hemos hecho –aseguró Brigit, y tanto Divea como Conall volvieron la cabeza no sin sorpresa.
La sibila cabalgaba un poco por delante de Fomoré, pero los dos muchachos consideraron imposible que hubiera oído su diálogo. Divea preguntó:
-¿Estás segura, Brigit? Partholon habló de un bosque muy grande, cerca de la costa.
-Y ahí está –Brigit señaló con la mano derecha una ligera elevación que estaba a punto de coronar el camino, bordeado de hierba pero sin árboles.
Conall sonrió con ironía, pero Divea había digerido completamente lo que conllevaba la especial naturaleza de Brigit. Decidió ser discreta y aguardar, porque también ella presentía la existencia muy cercana de una extensa floresta. En efecto, cuando la carreta llegó a lo alto de la colina, contemplaron a sus pies un bosque denso, muy oscuro, con apariencia inhóspita y tétrica.
-¡Por fin! –exclamó la futura druidesa.
Impaciente por llegar, Conall alentó a los caballos restallando el látigo, pero sin azotarlos de verdad puesto que Divea no lo permitía. Unos momentos más tarde, se encontró por fin entre las brumas que ansiaba. Pero se trataba de brumas demasiado espesas en la senda más tenebrosa y lúgubre que ninguno hubiera visto en cualquier otro bosque. Y también lo eran las acechanzas. Todos ellos tenían experiencia de haber visitado bosques que no eran el propio y poseían un sentido de alerta que nadie, ni siquiera los druidas más famosos, había podido explicar de manera racional. Se trataba de una capacidad tan espontánea como el respirar o el pestañear, y que por lo tanto no eran capaces de utilizar a voluntad; sin apreciar signos como rotura de ramas, hojarasca pisoteada o huellas en la tierra húmeda, eran capaces de detectar la cercanía de guardianes ocultos que les acechasen.
En ese bosque, donde olía a ciénaga sin haber pantanos a la vista, los seis sintieron muy pronto las presencias, mucho antes de confirmar visualmente que eran vigilados. Por ello, hablaban en susurros.
-Son muchos –dijo Conall con angustia.
-Tendríamos que volver atrás –sugirió Fomoré.
-Sabes bien que no serviría de nada –opuso Divea-. Si pretenden cazarnos, ya estamos cazados.
-Hay algo que no encaja –Brigit hablaba como si no pudiera creer lo que presentía-, a no ser que algún espíritu nefasto quiera confundirme.
-¿El qué no encaja? –preguntó Naudú.
-Nos miran con hostilidad y mucho recelo, pero no desean hacernos daño de veras –la voz de Brigit denotaba su confusión y perplejidad-. No veo que mane la sangre en nuestro futuro inmediato.
-¿Estás segura? –preguntó Divea. Brigit asintió-. Entonces, sepamos cuanto antes quiénes son, porque no disponemos de mucho tiempo. Mañana es el solsticio de verano y, por lo tanto, hemos de pasar esta noche en el gran nementone de piedra.
Sin añadir nada más, se alzó de pie en el pescante, con la piedra que la identificaba como futura druidesa, regalo de Galaaz, en la mano derecha, y en la izquierda la más pequeña, de jade, que le había obsequiado Partholon.
Igual que en Brocelandia, en seguida notaron la aproximación de un hombre por el golpeteo de los cascos de su caballo. Al aparecer ante ellos, los seis sintieron desolación y espanto. Vestía túnica parda y llevaba al cuello una cruz grande tallada en madera. Un peregrino como los que habían invadido el Camino al Fin de la Tierra, pero con una apariencia física que, desnudo, podría retratarlo como celta. Sin duda, un renegado, lo más temible con lo que podían darse de cara. Tenía unos cuarenta años, era delgado, de pómulos marcados y ojos muy claros rodeados de una aureola sumamente oscura, como si mirase desde otro mundo.
Les habló entrecortadamente en una lengua que ninguno reconoció, pero comprendieron las órdenes por sus gestos. Divea y Conall bajaron del pescante y los otros cuatro se apearon de los caballos. En cuanto se encontraron todos de pie en tierra, se vieron rodeados de un tropel de hombres con hábitos oscuros. Sólo el que había llegado en primer lugar llevaba caballo. Ataron con presteza las manos y los pies de las cuatro mujeres, y las echaron con brusquedad sobre la carga de la carreta. Conall y Fomoré fueron amarrados entre sí, con una gruesa cuerda cuyos cabos sujetaban otros dos hombres. Aseguraron los cuatro caballos a las varas del carro.
El único jinete gritó una orden con voz destemplada y se pusieron en marcha.

60
Llegaron a un poblado muy parecido a los monasterios que los peregrinos habían instalado en las cercanías de Santa Tecla. Gran profusión de cabañas, de construcción tosca y poco depurada, delimitando un espacio abierto de forma trapezoidal que se encontraba lleno de niños jugando y animales. En el momento que llegaron, Conall observó que los niños eran empujados rápidamente al interior de las cabañas, como si sus madres quisieran preservarlos de una plaga o de alguna clase de maldición proferida por los seis prisioneros.
Había seis postes firmemente clavados en tierra, enfrentados tres contra tres. Con suma rapidez, amontonaron leña abundante en torno a los cuatro situados en los extremos hasta formar grandes piras y, en seguida, auparon a Divea y las otras tres mujeres encima de la leña, donde fueron amarradas a los postes sin contemplaciones.
Oyeron trancas que eran colocadas precipitadamente tras las puertas, como si todos los habitantes del poblado temiesen la inminencia de un horror que se precipitaría sobre sus vidas al instante siguiente. Algo incomparablemente peor que una epidemia de peste o el estallido de un volcán.
Como si el aire quisiera corroborar la proximidad del horror, todos notaron una vaharada de brisa no refrescante, sino fétida; el vago hedor a ciénaga se intensificó, tal como si los cadáveres de cien monstruos corrompidos estuviesen abandonando los pantanos para devorar a víctimas propiciatorias que iban a serles ofrecidas. Divea irguió el cuello tanto como su incómoda postura se lo permitía, a fin de que sus huesos calcinados pudieran conservar cierta dignidad. Dagda y Naudú se miraban de lejos, demasiado distantes para dedicarse algunas frases de consuelo entre sí. En cambio, Brigit era el retrato de la perplejidad; no podía creer que sus desconcertantes facultades, nunca asimiladas del todo, no hubieran podido predecir algo tan definitivo como su muerte y la de sus compañeras.
Conall sentía tanta rabia, que no le era posible prestar atención al dolor. Ni siquiera, al de su segura muerte inmediata. Miró con amargura a la aprendiza de druidesa en lo alto de la pira; ella, en quien tanto conocimiento se había depositado, iba a ser pronto una tinaja rota, cenizas barridas por el hálito cenagoso que les ahogaba, y nadie aprovecharía tanto saber, ni siquiera él, que lo anhelaba más que a su propia vida. Por su parte, Brigit tenía el rostro demudado y había una luz muy extraña en sus ojos, supuso Conall que asombrada hasta el espanto de su propia incapacidad al haber predicho con tanta inexactitud lo que afrontaban. Contradiciendo su afirmación de hacía no tanto rato, iba a haber sangre derramada de los seis en seguida.
Observó varios detalles extraños. No hablaban apenas, y lo hacían en murmullos, al oído los unos de los otros. En vez de acudir todos a zaherirles o maltratarlos, como había visto hacer en las cercanías de su bosque de Santa Tecla, fueron ausentándose como si les horrorizara la idea de presenciar el sacrificio, hasta quedar frente a ellos tan sólo unos veinte hombres. Por último, los que portaban las antorchas para encender las piras se habían ido distanciando, como si temieran prenderlas de manera accidental. Supuso Conall que pretendían celebrar antes alguna clase de ritual que exigía mucho tiempo. Un lapso durante el que las cuatro mujeres sufrirían no imaginaba qué clase de vejaciones. Volvió a sentir rabia, aunque era mucho mayor la compasión de sí mismo. ¿Por qué no les daban muerte sin más? ¿Exigía su dios el tormento improductivo de los que no profesaban su fe?
El hombre que primero se había presentado ante ellos tomó una vara larga con una cruz sujeta en la punta. Recitó una parrafada muy prolongada en su extraño idioma y, a continuación, acercó la cruz a los labios de Divea. Ésta comprendió de lo que se trataba. El hombre le daba una última oportunidad de agradar al dios que él servía, antes de morir. Pero entre los muchos conocimientos que le habían sido transmitidos durante los intensos meses de preparación impuestos por Galaaz, uno de los principales era el sentido práctico de supervivencia en un medio tan lleno de peligros como eran los bosques inexplorados. Ese sentido le decía ahora que no valía la pena abjurar de toda una vida de convicciones si, de todos modos, iba a morir. Mejor hacerlo con toda la gallardía que le fuera posible. Por lo tanto, ladeó el rostro, rehusando que la cruz tocase sus labios. Con la cara vuelta hacia su derecha y retirada de la cruz tanto como se lo permitían las ataduras y el poste, Divea oró en voz muy alta para que sus compañeros la oyesen:
-Madre Dana, permíteme morir sin traicionarte ni flaquear. Dame fuerzas y ruega a Gundestrum y Brigit que nos traten a los seis compasivamente en el tránsito.
-¡Menos mal! –exclamó el hombre delgado con la cruz al cuello-, gracias a la madre Dana y a Karnun. No me habría gustado nada llevar esto hasta el final.
Los otros veinte rompieron el tétrico silencio con toses, algunas risas, exclamaciones, juramentos y conversas repentinas. De las casas volvieron a salir las mujeres y los niños, el claro se llenó de ruidos y el hálito cenagoso se evaporó.
Conall tardó unos momentos en darse cuenta de que el hombre flaco había hablado en la lengua de los celtas. Pero seguía sin entender lo que sucedía. Y lo más desconcertante de todo era que no conseguía descifrar sus propias emociones. Algo muy inconveniente para sus planes había ablandado su espíritu.
-¿De qué hablas, hombre? –preguntó Divea con tono más imperativo de lo que convenía en sus circunstancias.
-De la prueba que no tenemos más remedio que hacer a cuantos penetran en nuestro bosque, por razones de supervivencia.
Mientras hablaba, cuatro hombres desataron a las mujeres, las retornaron al suelo y les ofrecieron ramilletes de un muérdago raro, diferente de los que conocían. Todos los demás, reían.
-Somos celtas como vosotros –continuó el hombre flaco-, pero teníamos que confirmar que lo sois de verdad, porque todas las lunas viene alguien pretendiendo engañarnos, con intención de destruirnos desde dentro como caballos de Troya. Se fingen celtas sin serlo, para tratar de cazarnos, porque habéis de saber que las tierras de Anglia vuelven a ser escenario de persecuciones tan crueles contra los celtas como cuando vinieron los césares de Roma por vez primera.
-¿Quién eres? –Divea presentía la respuesta..
-Mi nombres es Goibniu y soy el druida del clan del bosque de Boca Oscura.
Divea extrajo la marca-árbol de Karnun, el cascabel de Ogmios y el aro de bronce, y fue recitándole completas las tres frases rituales al oído. Observando que el druida no reaccionaba y permanecía en silencio, le dijo:
-Te traigo saludos de Partholon, que...
-¡El gran Partholon, el hombre más sabio que los dioses me han permitido conocer! Seáis bienvenidos y espero poder serviros, pues últimamente es un placer muy poco frecuente recibir a una futura druidesa tan amparada por los dioses como tú lo estás sin ninguna duda. Alabanzas y honor a la madre Dana.

martes, 23 de diciembre de 2008

EL OCASO DE LOS DRUIDAS. Os deseo felicidad, mientras yo no puedo ni comer turrón por la estafa de la editorial de ésta y otras tres novelas.


Metidos ya los protagonistas de pleno y con intensidad en su aventura, ésta se copmplica de manera inesperada. En los capítulos 49, 50, 51, 52, 53 y 54
Es inminente la aparición de lo mejor de mi obra
en mi web:
http://www.luismelero.com/
De momento, podéis leer por muy poco dinero seis libros míos en
http://www.leer-e.com/
Leed a diario gratis las cuatro novelas (por las que me ha estafado la editorial) en mis blogs:
http://opinindeluismelero.blogspot.com/
http://luismeleroopina.blogspot.com/
http://penarluismelero.blogspot.com/
y otros cinco, donde ya están completqas las noveas La desbanda y Los pergaminos cátaros, completamente gratis.
49
Era el bosque más tenebroso que habían visto jamás y parecía no tener fin. Más de media jornada viajando por él y no se cruzaban con nadie, pero sin embargo presentían cercana la presencia de muchos. Estaban siendo vigilados prácticamente desde el momento en que acamparon a la orilla de la gran espesura al atardecer del día anterior. La lógica les sugería que si querían atacarles, habían tenido ya oportunidades más que sobradas.
Cuando comenzó a pesarles sentirse vigilados, Divea decidió revelar quién era de un modo que pudieran entenderlo desde dondequiera que estuviesen. Pidió a Conall que frenase los bueyes y se situó de pie sobre el pescante al tiempo que extraía de un zurrón el mayor de los objetos de identificación que le había dado Galaaz, una piedra esculpida de un palmo de ancho, con una espiral en el centro y cuatro aspas. La sujetó sobre su pecho con la izquierda, mientras levantaba la mano derecha portando la marca-árbol y repetía tres veces el saludo a Karnun, dios de los bosques.
En seguida se oyó el galope de un caballo que se acercaba.
El jinete vestía la túnica blanca y resultaba visible una lira atada a la grupa. Tenía unos cuarenta años, su pelo completamente amarillo colgaba libre y sus bigotes y su barba eran los más largos que ninguno de ellos hubiera visto nunca.
-¿Quién eres? –preguntó a Divea, sin dirigirse ni mirar a nadie más.
-Este es mi viaje de iniciación para profesar como druidesa. Me llamo Divea y vengo de las clanes galaicos, en Hispania, del lugar que los cristianos llaman Santa Tecla.
-¿Cerca del Camino al Fin de la Tierra? –exclamó más que preguntó el bigotudo.
-Sí –respondió Divea.
-Nos habían dicho que habíais sido exterminados y que en nuestro milenario Camino al Fin de a Tierra campan ahora los peregrinos de la cruz. ¿Traes alguna prueba de que procedes de allí?
-Sí. ¿Puedes llevarme ante tu druida?
-¿Quiénes son estos?
Divea fue señalándolos.
-Conall también busca el saber para profesar de bardo o de íntimo. Alban es nuestro guardián. Dagda y Nuadú son sacerdotisas de los clanes astures. Fomoré es un... –Divea se mordió el labio- digno y destacado miembro de otro clan galaico y, por último, Fergus es uno de los personajes más prodigiosos que habréis tenido oportunidad de conocer. Viene de Galacia, es marino y su clan fue masacrado.
El bigotudo los escrutó un largo rato, durante el que rumió la prolija presentación realizada por Divea.
-Mi nombre es Goiniu. Vosotros, Fergus y Alban, cabalgaréis cerrando el cortejo. En el pescante iréis tú, Divea, junto a Dagda y Nuadú. Fomoré y Conall seguirán el camino a pie, detrás de la carreta. Ahora, esperad un instante.
Goiniu batió las palmas varias veces, de un modo que parecía la secuencia de un mensaje preestablecido. Debía de ser así, porque tras una larga espera, se acercaron dos hombres y dos mujeres a caballo portando grandes ramos de hermosas flores púrpuras de cyclamen y racimos de potentillas fruticosas amarillas. Todo el bosque era una sinfonía de aromas, y a pesar de ello percibieron el de las flores que se les ofrecían, a causa de su abundancia.
-Engalanaos todos la cabeza –el tono de Goinio les pareció demasiado autoritario para tratarse de un bardo-. Pero tú, futura druidesa, debes vestir de blanco. ¿Llevas algo adecuado?
-Tendría que deshacer un hato.
-No podemos retrasarnos más –dijo Goiniu y volvió a batir las palmas.
En seguida se les acercó una amazona portando una hermosa túnica a la grupa, que Divea vistió, sencillamente, encima del ropón oscuro. Se pusieron en marcha.
Poco más adelante, pasaron delante de un monolito parecido a los que habían visto cerca de la playa, pero esculpido profusamente. Presentaba símbolos innumerables y muchos grabados semejantes a los que abundaban en las cercanías de Santa Tecla, pero lo que más destacaba era la figura de un hombre sentado, que portaba un aro en la mano derecha y una serpiente en la izquierda.
Goinio se dio cuenta de la mirada interesada e interrogante de Divea.
-¿Has oído hablar de Vercingetorix?
La muchacha negó con la cabeza. Ya nunca se ruborizaba, pero se sintió en entredicho y no supo por qué.
-Es el mayor héroe de los celtas galos –informó Goinio- y éste es uno de los muchos monumentos que le dedicamos. Hace más de mil años, consiguió vencer muchas veces al César de los romanos, pero no enfrentándose en batallas, sino mermando su fuerzas en escaramuzas por todas partes. Llegó a ser tan temido, que lo sitiaron en el reino de Alesia, de donde somos originarios muchos de nosotros; César cercó la ciudad con doscientos mil hombres, aunque a Vercingetorix sólo lo acompañaban unos tres mil. Después de muchos sufrimientos, y cuando los habitantes de Alesia estaban muriendo de hambre y sed, Vercingetorix cabalgó hasta el campamento de César y rindió sus armas ante él. Fue llevado a Roma, César lo exhibió como trofeo en un desfile y al final lo mandó decapitar.
-¡Cuánto se parece ese héroe a nuestro Viriato de Hispania! –exclamó Dagda.
-También para la memoria y el orgullo de los galos es Viriato un gran héroe –aclaró Goinio.
-Pero la traición cometida con él por los romanos fue más innoble –comentó Divea.
-Así es –dijo Fomoré elevando la voz, pues se encontraba a cierta distancia, un par de pasos tras la carreta-. Sedujeron a dos de sus más íntimos para que lo traicionasen, y después de que lo mataran, cuando fueron a cobrar la recompensa les dijeron los romanos una frase que ha quedado para la más ignominiosa historia de nuestro pueblo: “Roma no paga a traidores”. También en nuestra tierra de Hispania hubo varios castros celtas que resistieron a los romanos con tantos en contra como Alesia. El más dramático fue Numancia.
Sin parar de narrar heroicidades de los celtas antiguos, continuaron camino toda la tarde, hasta el anochecer. Tenían la sensación de transitar por el fondo de un mar vegetal; tan densa, oscura, abundante e interminable era la espesura de ese bosque, el más extenso que cualquiera de los siete hubiera conocido.
Cuando la luz del día comenzó de declinar, Goiniu ordenó detenerse y batió las palmas en una secuencia más prolongada y compleja que las del comienzo del viaje.
Pasados unos momentos, fueron acercándoseles jinetes deslumbrantes por su aspecto. Vestían a medias de pieles blancas y a medias, de metal muy lustroso. Más parecían dioses o héroes de leyenda que hombres. Formaron un gran círculo en torno a los siete forasteros y entonces pudo Conall contarlos. Sumaban cuarenta y nueve, siete veces siete, y no le cupieron dudas de que eran guerreros expertos y seguramente temidos por sus enemigos. También él los halló temibles y no supo por qué, hasta que recordó una frase de Galaaz: debían temer a los dioses guerreros y Conall no fue capaz de imaginar ningún grupo que mereciera más ese calificativo.




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Los guerreros celebraron una ceremonia sin desmontar, un juego muy vistoso y emocionante en el que los caballos llegaban a saltar y bailar, alzados sobre las patas traseras. El bardo Goiniu observaba de reojo a los siete visitantes, satisfecho por el asombro que mostraban ante las evoluciones equinas. Cruzamientos de dos hileras a un ritmo vertiginoso en los que llegaban a estar a punto de topar entre sí, recogidas de objetos del suelo que otro jinete había lanzado y apeamientos a galope para volver a montar de un salto tras haber puesto un solo pie en tierra. Más que un rito, daba la impresión de ser una demostración de habilidad de equitación que a los cuarenta y nueve guerreros les enorgullecía sobremanera, y que duró hasta que la noche hubo cerrado del todo.
Consideró Conall que lo dieron por finalizado sólo porque la oscuridad impediría contemplar todos los detalles y admirar pericia tan impresionante, a pesar de las antorchas que habían ido encendiendo. Entonces, los guerreros rodearon a los cuatro hombres; apartándolos de las mujeres, los condujeron junto a un arroyo y les obligaron a desnudarse del todo.
Les indicaron que se sumergieran en el agua, en la que tiritaron y le castañetearon los dientes durante un buen rato. Finalizado el baño, desmontó uno y les barrió y sacudió toda la piel con manojos de juncos y flores blancas intensamente aromáticas, recitando una salmodia como si realizara un rito de purificación que ninguno de los cuatro conocía. Una vez enjugados con paños muy suaves y cálidos, les entregaron cortas túnicas blancas y ofrecieron caballos a Conall y Fomoré, los dos que no disponían de montura.
En seguida, guerreros y visitantes emprendieron la marcha al trote para llegar muy pronto al nementone más grande que ninguno había imaginado. Un claro del bosque muy extenso, abarrotado de gente sentada en el suelo, en banquetas y hasta en las ramas de los árboles. La noticia de la llegada de celtas de lugares remotos debía de haber circulado rápidamente por el bosque.
Conall no se podía quitar de la cabeza la pregunta de por qué él, Divea y Alban debían temer a los dioses guerreros. ¿O pensaba Galaaz sólo en uno entre los tres?
Después de desmontar, siguieron a pie entre la multitud con dirección al sagrado círculo de piedra, donde Divea y las dos sacerdotisas se encontraban sentadas ya junto a otras personas, y aunque las expresiones que vislumbraba Conall en los presentes, al pasar, eran cordiales y muchas de ellas sonrientes, no conseguía librarse de un vago temor. Intuía que estaba olvidando algún dato, cualquier anécdota o leyenda que había oído contar y que ahora no conseguía recordar, pero que su espíritu se esforzaba por traerle a la mente como si quisiera prevenirle de algo. ¿Podía ser que sus percepciones se hubieran trastornado por las novedades, que les llegaban en oleadas a cada paso en ese bosque tan magnífico y extraño, donde todo le olía a hechizo?
El druida Partholon casi igualaba la edad de Galaaz, y aunque había más druidas en el bosque de Brocelandia, era el de autoridad superior. Consideraba a la muchacha ansiosa de conocimientos que acababa de acoger en el sagrado círculo, el ser más bello que había visto en su dilatada vida, y había tenido que tratar con beldades famosas en toda la Armórica. Admiraba la armonía perfecta de su rostro, la dulzura de su sonrisa, la cascada dorada de su pelo y la gracia de su figura, pero le complacía más su modestia y el notable esfuerzo de comportarse con humildad. Después de tocar la marca-árbol de Karnun, el cascabel de Ogmios y el círculo de bronce, y oír recitar con exactitud las tres frases rituales, cuatro o cinco preguntas y un par de gestos le habían bastado para comprender que la muchacha no era ignorante ni podía considerarla una simple aprendiza. Pese a su juventud, apreciaba en ella fuerza, dominio y autoridad. Haría cuanto estuviese en su mano para ayudarla.
-¿Dices que también debes visitar Anglia, Gales e Hibernia? –le preguntó.
-Es lo que me ordenó el gran duida Galaaz.
-Acertada decisión. De ese modo, completarás la más profunda y extensa preparación druídica de que yo tenga noticia. Pero sería conveniente que permanezcas aquí todo el tiempo que puedas, porque es mucho lo que deseamos darte a conocer. Bastará con que llegues a Anglia justo antes del solsticio de verano, que te conviene celebrar en un gran nementone de piedra que existe allí y que es viejo como el tiempo. Previamente, nosotros te instruiremos en cuanto necesites y aún no conozcas.
Divea agradeció la buena disposición con una inclinación de cabeza y una sonrisa que aceleró el corazón del viejo druida. ¡Cuántas leyendas antiguas acudían a su mente con sólo mirarla!
Partholon pidió a Goiniu que interpretara la canción de Tristán e Isolda, y a Conall le ordenó que tomase una lira para acompañar el ritmo. En el instante que el bardo tomó su instrumento y se puso de pie, cesó el murmullo y se hizo un silencio tan completo, que podían oírse los rumores naturales del bosque. Goiniu tenía razones para la arrogancia de su porte y el orgullo que demostraba a cada paso, pues su voz estaba extraordinariamente bien timbrada, los versos fluían de su boca sin vacilación, la melodía era muy hermosa y relataba una historia conmovedora.
Divea no estaba segura de que Galaaz se la hubiese contado, pero le resultó muy familiar el relato de los dos amantes ante quienes la vida había puesto obstáculos insuperables. Marco, el rey de Cornualles, tenía un sobrino muy apuesto llamado Tristán, a quien encargó viajar a Hibernia en busca de la bellísima princesa Isolda, con cuyo padre había pactado tomarla en matrimonio. Cumplido el encargo y ya en el navío que los llevaba de vuelta, Isolda y Tristán bebieron por error un elixir de amor eterno destinado al futuro esposo de la princesa, el rey. Por ello, impensadamente el amor mutuo cayó sobre sus pechos, intenso y arrollador como un terremoto. Un amor imposible, porque el rey Marco se dio cuenta de la traición de su sobrino y mandó matarlo. Desesperada, Isolda se valió de un ardid y logró ser enterrada junto con su amado.
Acabada la canción, muchos de los presentes tenían lágrimas en los ojos y también Alban, que miraba de soslayo a Divea como si encontrase en el relato alguna afinidad con su porvenir y el de la futura druidesa. Como se encontraba en el centro del corro, junto a Goiniu, Conall podía observarlos a todos y además de esa mirada esquinada del gigante, se dio cuenta de que, muy atento al poema, Fomoré presentaba una expresión más sombría que triste. Cuando notó que se levantaba disimuladamente y abandonaba el nementone, dio una disculpa apresurada al bardo y se escabulló tras él a ver si lo que se proponía hacer a escondidas le proporcionaba un argumento con el que obligarlo a abandonar el grupo, apartándolo así de Divea.
Tuvo que seguirlo en una caminata más prolongada de lo que había previsto, por lo que fue dejando señales que le permitieran encontrar el camino de regreso. En cambio, tuvo la impresión de que Fomoré caminase iluminando el sendero con su mirada, porque, además de no dudar, no mostraba signos de desear reencontrar el modo de regresar, puesto que no señalaba árboles o arbustos que le sirvieran de referencias. Tenía que haber indagado en el poco tiempo que llevaban con los galos, para ser capaz de moverse a oscuras con la aparente seguridad con que lo hacía. Cerca de un curso de agua del que se oía el rumor, cogió un manojo de flores abundantes y lo hizo dando la impresión de que murmuraba plegarias antes de arrancar cada una de ellas.
Desde que lo viera por primera vez durante aquel ataque, le había parecido un hombre dinámico, una especie de aventurero experto en la lucha y, por lo tanto, en pendencias de todas clases. Ahora, se comportaba con la devoción de un místico.
Llegó al arroyuelo sin la menor vacilación, como si conociera de antemano su existencia. Recorrió unos pasos por la orilla, arriba y abajo, hasta dar con un lugar que pareció satisfacerle. Entonces, se arrodilló y, tras unos momentos de recogimiento, rozó la arena con la frente convulsionada por el llanto.
La extrañeza de Conall aumentaba por momentos. La Luna en cuarto creciente, junto con el brillo de las estrellas, iluminaba fantasmagóricamente la escena, pero no lo suficiente para apreciar todos los detalles. Además, no podía ver su cara, que en todo momento permaneció vuelta hacia el curso del agua. No obstante, consiguió distinguir que realizaba alguna clase de ritual desconocido, algo que aun guardando cierta similitud con las celebraciones celtas, parecía propio de otras culturas. Permanecía todo el tiempo de rodillas, y extendía el tronco hacia delante y hacia ambos lados de modo rítmico, como si estuviera interpretando una danza al compás de una música que sonase en su cabeza. Eran sus movimientos tan enérgicos y progresivamente rápidos, que Conall consideró que debía estar sudando a chorros. De pronto, se detuvo y de nuevo tocó la arena con la frente. Según las convulsiones de sus hombros, volvía a llorar pero no se oían sus gemidos.
Pasados unos momentos, cogió gran número de guijarros del fondo del arroyo que colocó ordenados en un círculo en la parte seca, y fue clavando ramitas de muérdago entre ellos. Postrado en el centro de esa especie de nementone improvisado, se encogió sobre sí mismo y permaneció completamente inmóvil un largo rato, aunque sus hombros seguían agitados por el llanto. Mucho después, se puso de pie y echó flores en el curso del agua en un tramo de unos cien pasos.
Nada de ello se parecía a cuantos homenajes a la diosa había visto celebrar Conall en su bosque de Santa Tecla.
¿Qué debía temer de ese hombre? ¿Se habría convertido al cristianismo y tenía oscuras intenciones con relación a Divea? ¿Quién era, en realidad, Fomoré?





51
Los días siguientes, Conall no paró de rumiar su pálpito de que Fomoré ocultaba secretos graves; una idea que iba creciendo estimulada más por sus gestos que por sus actos. El joven aspirante a bardo miraba a sus compañeros de viaje para constatar con asombro que él era el único que sospechaba. Pero, a fin de cuentas, ¿por qué se preocupaba? ¿Qué era lo peor que Fomoré podía hacer, matar a la futura druidesa? En este caso, habría solucionado la mayor de sus preocupaciones. Sin embargo, no conseguía librarse de la idea de que tenía que permanecer en guardia ante ese hombre exageradamente reservado que tanto atraía a las mujeres. Entre los cotorreos intrascendentes de las sobremesas, oía más comentarios alabando la donosura de Fomoré que los dedicados a la mismísima Divea, quien, aunque no le gustaba reconocerlo, poseía belleza de diosa.
Pero su atención se desvió de tales conjeturas, atraída por otra cuestión.
Él y los otros seis fueron descubriéndola poco a poco, según entablaban conversación con gente diferente mientras comían o participaban en los ritos. Aunque el caso no se mencionaba apenas, pocos días más tarde comprendieron que no eran los únicos forasteros. Como si el bosque de Brocelandia y toda la Armórica fuesen el refugio más deseado por los celtas supervivientes en Europa, día a día iban conociendo a fugitivos procedentes de los más variados y remotos lugares. Llegados de Helvecia, Dalmacia, Media, Dacia, Valacia, Tracia, Galia Belga y muchos otros lugares, narraban con resignación las persecuciones atroces de las que habían huido. Los incendios de bosques y la quema de mujeres celtas se habían convertido en una epidemia que asolaba el continente de banda a banda.
Los relatos les parecían a los siete compañeros tragedias antiguas, porque sus protagonistas, obligados a recorrer distancias enormes hasta llegar a la seguridad de Brocelandia, habían tenido tiempo de sobra para digerir el dolor y convertirlo en poesía. Aún así, Divea mostraba consternación oyéndolos; Alban giraba habitualmente la cabeza para mirar hacia el vacío, como si no pudiera contener de otro modo su gallardo impulso de correr a luchar contra las injusticias; las dos sacerdotisas habían sido entrenadas para consolar a los dolientes, pero aún así se notaba que tenían que reprimir el llanto; Fergus inclinaba siempre la cabeza, como si necesitase aislarse de cuanto les rodeaba para asimilar las narraciones y no sumarlas al dolor de sus propios recuerdos; Conall afectaba indiferencia sin sentirla de verlas, porque algo se agitaba a su pesar en en su vientre y le retorcía las entrañas. Por su parte, Fomoré siempre estaba al borde del llanto en esas ocasiones, pero sólo Conall lo notaba porque él era el único que jamás dejaba de observarlo. Pese a cuanto reflexionaba sobre la inutilidad de preocuparse por unas intenciones que, de ser perversas, sólo podían beneficiarle, la vigilancia de Fomoré se había convertido en una obsesión.
Constantemente descubría en sus ojos luces alternadas con sombras abismales mientras escuchaba los relatos. Uno en particular le afectó de manera arrolladora, aunque más parecía una leyenda y no tenía nada que ver con el sufrimiento de los fugitivos. Lo relató un hombre muy viejo, cuyo acento, algo difícil de entender, revelaba que su clan había vivido muy aislado en algún lugar remoto. Según pudieron entender, hablaba de cierto anillo forjado con oro robado a la diosa del río, pero que aún así un poderoso druida le había insuflado una facultad maravillosa; quien se lo pusiera, sería el rey del bosque. Por consiguiente, fueron muchos los que lucharon por su posesión en justas y en escaramuzas, a veces muy crueles. Finalmente, lo ganó en buena lid un joven llamado Sigfrido, de quien se había enamorado la muchacha más hermosa del clan, Brunilda. Sigfrido se convirtió en rey, pero cuando se disponía a celebrar los esponsales con Brunilda, la noche anterior lo traicionó el mejor de sus amigos, que le dio a beber un elixir fingiendo que brindaba por el acontecimiento. Profundamente dormido Sigfrido por el efecto de ese licor, el traidor pudo quitarle el anillo y lo mató. Mas el traidor fue sorprendido por la guardia del rey antes de tener tiempo de ajustarse el anillo, que le arrebataron para entregárselo a Brunilda. Ésta, desconsolada por la muerte de su amado, en vez de ponérselo para convertirse en reina, corrió al río de la diosa y lo tiró al agua, donde desapareció para siempre.
Cuando al anciano terminó su narración entre toses y falsetes de la voz, Fomoré lloraba desconsoladamente. Se cubrió el rostro con las manos y echó a correr para escapar de la perplejidad del grupo.
A la memoria de Conall acudió de inmediato la escena que había sorprendido aquella noche bajo la luz difusa de la Luna, junto al arroyo; el extraño rito que terminó con el lanzamiento de flores sobre el curso del agua.





52
El día que Conall descubrió que Divea miraba a Fomoré con ternura, no consiguió dormir en toda la noche, sorprendido de la intensidad de su nerviosismo, porque no le encontraba explicación racional.
Había ocurrido cuando uno de los refugiados de Helvecia contaba su tragedia, culminada con la quema de su casa, mujer e hijos, a excepción de la mayor, llamada Gwynna, que estaba ausente cuando comenzó el ataque. En el centro del círculo de oyentes, se abrazaron padre e hija mientras hacían el recuento de sus pérdidas; sus palabras las trababan los hipidos del llanto. El padre, un hombre muy robusto y velloso con voz atronadora, llamado Arthan, tuvo que beber un elixir que le ofreció el bardo Goiniu, porque estaba a punto de caer fulminado por el dolor. Haciendo un esfuerzo supremo para vencer los ahogos que le dificultaban el habla, pidió a su hija:
-Gwynna, cuéntales lo que viste cuando llegabas a casa.
De unos dieciocho años, la muchacha tenía ojos inmensos del color de las profundidades de un lago. Cuando comenzó el relato, el lago se precipitó por un torrente de llanto, lo que entristeció a cuantos la escuchaban, y muy especialmente a Fomoré y Alban. Éste hizo algo que Conall nunca le había visto hacer antes; apresuradamente, cogió todas las flores que pudo en los matorrales asomados al claro, añadiendo a continuación unas ramas de muérdago, y corrió a depositar el ramo ante los pies de Gwynna con delicadeza impropia de un guerrero. Tan perpleja como todos los presentes por el homenaje, y aunque sin llegar a tranquilizarse del todo, el llanto de la joven se volvió más moderado y su expresión se serenó. Pero las expresiones de los otros seis miembros del grupo eran de asombro, maravillados por un gesto tan insólito y desusado en la conducta habitual del cadete.
-Volvía de recolectar grosellas –narró Gwynna-, y estaba a punto de salir al pequeño claro de mi casa cuando vi delante, en el camino, a un hombre vestido de negro que no era uno de los habitantes del bosque. Se encontraba de espaldas a mí y tenía la mano derecha alzada enarbolando una cruz. Su silueta se recortaba contra el resplandor de un fuego muy grande y comprendí que mi casa estaba ardiendo. Primero, me quedé paralizada de miedo, pero me sacudí a mí misma en seguida, empujada por el temor de lo que estaría ocurriéndoles a mi madre y mis hermanos. Por suerte, ese hombre no se había dado cuenta de mi llegada. Me abrí paso a través de la maleza para poder observar el claro desde otro sitio, escondida a cierta distancia del hombre de la cruz. Lo que vi pudo hacerme gritar, aunque conseguí morderme los labios y cerrarme la boca con las dos manos apretadas. Mi madre estaba desnuda, rodeada por mis cinco hermanos, desnudos también. Alrededor de ellos, unos diez hombres reían a carcajadas mientras los abofeteaban a los seis, que sangraban por la boca, inclusive los dos más pequeños, los gemelos, que sólo tenían cuatro años de edad. Ese carrusel de golpes y risotadas duró mucho. Yo quise salir a suplicarles que dejaran en paz a los míos, pero mis piernas estaban siendo sujetadas por Karnun, porque no podía moverlas. Y en el momento que más me desesperaba por no poder correr hacia ellos, fue cuando lo hicieron...
En este punto, Gwynna volvió a gemir.
-Que la madre Dana me perdone, porque no fui capaz de ver todo lo que les hicieron a mis hermanos; me sentía demasiado horrorizada por lo que hacían a mi madre. Primero, rebanaron sus pechos con un machete muy grande y a continuación, le clavaron ese mismo machete en el sexo, hasta la empuñadura. Sólo pude volver a abrir los ojos después de mucho rato, cuando ya se habían marchado los hombres con sus antorchas. Los cuerpos de mi madre y mis hermanos ardían en una hoguera.
Fijos en padre e hija, los ojos de Fomoré se llenaron de lágrimas, se cubrió la cara con las palmas de las manos y trató de esconder la cabeza entre las piernas cruzadas, como si estuviera avergonzado. Fue entonces cuando Divea lo miró de aquel modo. Era posible que nadie más que Conall lo advirtiera; la futura druidesa fijó un buen rato los ojos en los de Fomoré al tiempo que apretaba los labios reprimiendo un sollozo.
A causa de sucesos parecidos, Conall sentía crecer los obstáculos y las acechanzas, y por ello los monstruos del insomnio le hicieron reparar en detalles a los que de día, y mientras tenían lugar, no les daba importancia. La ansiedad del desvelo le obligó a realizar una especie de balance del tiempo transcurrido desde que llegaran a la Armórica. Le pareció que algo muy importante había ocurrido durante aquel extraño rito celebrado por Divea y Fomoré alrededor del monolito gigante, en el campo de las piedras clavadas en la tierra. Desde aquel día, eran frecuentes las miradas de inteligencia entre ambos, como si se comunicaran arcanos muy herméticos que nadie más debía conocer. ¿Se había enamorado la muchacha de ese hombre que tan graves secretos parecía ocultar?
Una vez que Conall hubo reflexionado, hasta los recuerdos más vagos le sirvieron para reforzar su convicción. Estaba seguro de que durante la gran comida de la mañana, no habían parado de dirigirse las miradas con las que tanto parecían decirse, aunque no pronunciaran ni una palabra.
Y mientras, Alban en la inopia.
Se preguntó Conall si el cadete podía convertirse en su instrumento para empezar a librarse de obstáculos. Alban era demasiado simple, sin dobleces ni prejuicios, un hombre todo fuerza pero sin malicia; tanto, que no había descubierto el entendimiento, que a él le parecía indudable, de la futura druidesa con un hombre que seguramente le doblaba la edad, y ello a pesar de que todos en el grupo estaban convencidos del amor que Alban sentía por ella. ¿O ese amor flaqueaba? Porque el homenaje del cadete a la helvética Gwynna, más que un intento de consolarla, había parecido una ofrenda de amor, sobre todo por el añadido del muérdago.
Podía ser un simple espejismo, pero en cualquier caso, sabía Conall que, continuara o no amando a Divea, lo que no dejaría nunca de hacer Alban sería cumplir con su deber de proteger a la futura druidesa.
Por consiguiente, también querría protegerla del peligro que un hombre tan misterioso como Fomoré podía representar para el buen fin del viaje de iniciación. Conall celebró su propia capacidad de intriga. Bien manejado, Alban iba a ser una herramienta para la realización de sus ambiciones.












53
Las reuniones en torno a los celtas desplazados de todo el continente se convertían al atardecer en una especie de palestra donde daban la impresión de competir con sus nostalgias, el tamaño de sus desventuras y la emoción de sus leyendas.
Siempre que se encontraba presente, Partholon permanecía con los ojos fijos en Divea, observando con atención todas sus reacciones, incluidos los gestos más involuntarios. Ella se daba cuenta del escrutinio y le parecía lógico. El gran druida de la Armórica no podía quedar en entredicho ni exponerse al ridículo dando su inmenso saber a alguien que no lo mereciera. Pero esa mirada ejercía sobre ella un efecto que le causaba mucha incomodidad. Partholon poseía un magnetismo especial, una facultad que jamás había notado en su bisabuelo Galaaz. Seguramente, tenía que ver con el hecho de que no era un simple druida, sino el supremo de un número desconocido de druidas de toda la Armórica. Ignoraba cuántos serían, pero por los comentarios y por las idas y venidas de los “dioses guerreros”, calculaba que lo menos había veinte clanes, lo que significaba que podían ser más de veinte los druidas. Partholon encarnaba, por consiguiente, la cumbre del poder celta de un país muy grande, además de ser el máximo depositario del conocimiento y la autoridad moral.
No tenía nada que temer de él, sino todo lo contrario; por lo que ella había observado, probablemente iba a ser el druida que mayores y más abundantes consejos y conocimientos iba a proporcionarle. No obstante, cuando Partholon se acercaba a las tertulias del anochecer, Divea trataba de estar arropada por los miembros de su grupo, no sabía bien por qué. Solía sentarse entre las sacerdotisas Nuadú y Dagda, teniendo detrás a Conall, Alban, Fergus y Fomoré. Y aún así, había momentos en los que sentía que la mirada del gran druida laceraba su piel.
-En mi tierra, en el reino de Polonia, había un rey extraordinariamente bondadoso a quien un druida le vaticinó que su hijo, el príncipe recién nacido, llamado Segismundo, sería un soberano muy cruel. Por tal razón, lo mandó encerrar en un torreón, para que creciera sin conocer su cuna y nunca ambicionara el trono.
Quien hablaba era una mujer que todos sospechaban que era sacerdotisa en su país y por alguna razón inexplicable se negaba a reconocerlo. Tenía unos veinticinco años, se llamaba Brigit y bajo la holgada túnica se presentía uno de los cuerpos más voluptuosos que Fergus había contemplado nunca. El rostro era atractivo sin que su belleza fuese nada especial, a excepción del pelo de color cobrizo que le llegaba a la cintura. La razón por la que intuían su condición sacerdotal era su fervor en los rituales y la evidencia de que conocía de memoria las principales invocaciones.
Divea se lo repetía a los suyos en innumerables ocasiones, cuando expresaban la extrañeza que Brigit les causaba. Les aseguraba que si no se trataba de una virgen que había profesado, podía hasta haber recibido formación druídica, aunque acaso no hubiera completado su preparación. Era Fergus quien más le preguntaba al respecto, como si Divea pudiera darle respuestas que sólo Brigit poseía.
Hacía dos días que el gálata no paraba de mirarla, y los seis compañeros de su grupo se dieron cuenta de su deslumbramiento. Sin embargo, presintieron que sería mejor no hablar ni bromear, porque consideraban a Fergus capaz de reprimir el impulso y negarse a sí mismo el brote de algún sentimiento, con tal de contradecirles. Sin hablar entre ellos de la estrategia a seguir, decidieron darle alas precisamente fingiendo ignorar sus expresiones de arrobo.
-Un día –continuó Brigit su relato- una dama sufrió un percance cerca de la torre donde Segismundo estaba preso como resultado de la agorera profecía, y al descubrir la luz a lo lejos, corrió en su dirección para pedir refugio. Descubrió al apuesto prisionero encadenado, a quien oyó quejarse de su falta de libertad, en un bosque donde todos eran libres, animales, personas y Naturaleza. Mientras se compadecía de él, la dama fue sorprendida por el guardián del rey, y la hizo prisionera porque sus órdenes eran terminantes: nadie debía conocer la existencia del príncipe. Pero la casualidad juega con los seres humanos y ocurrió algo que ningún adivino había pronosticado: la reina tomó a esa muchacha como doncella, y pocos días más tarde, ésta abogó ante la soberana a favor del prisionero sin sospechar que era su hijo. Oyendo el rey las súplicas de su esposa, decidió hacer una prueba. Mandó dar un elixir a Segismundo para que durmiera profundamente y en tal estado fue llevado al palacio donde, una vez despierto, le convencieron de que era rey. Y así pudo cumplirse la profecía. Segismundo se comportó como el más perverso y cruel de los reyes, ocasionando que su padre ordenase que le dieran un nuevo bebedizo y, bajo sus efectos, volvió a ser encadenado en la torre, ahora dispuesto el rey a que fuera para siempre. Pero entre tanto, el pueblo, que desesperaba porque la corona no tuviera heredero, al enterarse de la existencia del príncipe organizó una revuelta y el rey se vio obligado a liberar a su hijo. Le entregó la corona convencido del trato terrible que daría a la gente que había suplicado por su libertad y le había derrocado a él para aclamarlo como soberano. Pero la madre Dana, el padre Lugh y todos los dioses concedieron su inspiración a Segismundo, que al comprender que su cruel actuación como rey no había sido un sueño, sino desventurada realidad, se avergonzó de sí mismo y, arrepentido, se arrodilló ante su padre para pedirle perdón y devolverle la corona. Y fue desde entonces un príncipe ejemplar. Así, se había cumplido verdaderamente la profecía, pero sólo de manera transitoria.
Todos los presentes permanecieron unos momentos absortos en el rostro de Brigit, esperando que hablase de alguna tragedia personal como culminación del relato, porque era esto lo que muchos de los desplazados hacían, narrar una leyenda para situar a sus oyentes en el clima y en el paisaje de su propia desgracia. Pero no fue lo que hizo Brigit. En su lugar, miró hacia Conall con ojos que éste sintió como cuchillos; el aprendiz de bardo sintió un escalofrío y bajó la cabeza para eludir esa mirada penetrante, que parecía capaz de desentrañar sus anhelos más inconfesables.
Fergus, cuya fascinación había crecido oyendo el relato, preguntó:
-¿Existen en tu país las sibilas?
Brigit palideció y una intensa sombra cruzó por su rostro.
-¿Supones que he contado la historia de Segismundo para predisponeros a mi favor, con el propósito de que no me rechacéis? ¿Crees que tengo el poder de la adivinación y la profecía?
Durante unos momentos, los presentes parecieron esfumarse, como si una intensa luz les otorgara cuerpo y materia solamente a ellos dos.
-¿No lo tienes? –preguntó Fergus a su vez.
Brigit bajó la mirada con los labios apretados. Si no se trataba de que poseía esa facultad tan temida, resultaba evidente, sin embargo, que trataba de callar algo que debía de ser muy grave. Partholon reprochó al gálata:
-No la conturbes si no quiere responderte. Si no es verdad lo que sospechas, porque Brigit tiene derecho a procurar que nadie la tema sin justificación, y si es verdad, porque de todos modos le asiste el derecho a reservárselo. Ser sibila es un don que los dioses otorgan a muy pocas y muy raramente, porque la mujer que lo reciba debe poseer fuerza descomunal, prácticamente sobrenatural, para poder soportar el horror de sus propias predicciones. Pero de todos modos, existe entre nosotros una profecía revelada, que debe de estar a punto de cumplirse: “Surgirá de la oscuridad un héroe que conocerá vuestro porvenir. Ocurrirá después de un rojo atardecer”.
Sólo Fomoré y Divea miraron el pelo cobrizo de Brigit con un sobresalto.
Desde la postura que mantenía, Brigit miró a los ojos del druida de un modo que sólo éste percibió. Partholon asintió imperceptiblemente.
Fergus no había advertido ese cruce de mensajes mudos, porque todo lo que le preocupaba era la respuesta a otra pregunta. ¿Los dioses le habían impuesto el calvario que tanto le avergonzaba y que callaba obstinadamente, aunque su corazón casi lo había superado ya, para premiarle al final del desasosiego con el privilegio de conocer a Brigit? Porque, en efecto, llevaba dos días agradeciendo a todos los dioses que hubiesen puesto a Brigit en su camino.
Quien sí había advertido la comunicación muda entre la joven y el druida era Divea. La sospecha se convirtió para ella en certeza en ese preciso instante, pero impuso silencio a sus labios, aunque sin dejar de repetirse que llegaría el momento en que Brigit y ella tuvieran que hablar. Luego de hacerse varias veces a sí misma esta observación, con objeto de no olvidarla, reparó en que Alban se había ausentado del nementone en compañía de Gwynna, la helvética de los ojos como lagos. En vez de sentir los celos que tal vez habría sentido sólo dos o tres lunas antes, la futura druidesa sonrió con dulzura. Era exigible a todo druida saber, osar y callar, y por lo tanto, no haría ningún comentario ni cometería indiscreciones sobre lo que estaba ocurriendo en el pecho del principal de sus guardianes. Tal vez la madre Dana se había compadecido de su tristeza por el vaticinio que le comunicara en el río astur, y su anuncio de que Alban no continuaría con ella no significaba que iba a morir, sino que decidiría quedarse a mitad de camino, rendido al amor.















54
Iba a cumplirse una luna completa desde la llegada a la Armórica y los siete comenzaban a tener la sensación de haber vivido desde siempre en el bosque de Brocelandia. Era el más extenso y múltiple universo celta que cualquiera de ellos hubiera conocido y todos encontraban allí espacio y facilidades que alentaban sus sueños. Hasta el menos predispuesto, Conall, permitía sin pensarlo que se aflojasen sus resistencias con el adormecimiento momentáneo de sus ambiciones, ante una vida que no dejaba de ser bucólica, como en cualquier bosque, pero que era al mismo tiempo dinámica y colmada de posibilidades. Los innumerables orígenes de los refugiados añadían color y amenidad al conjunto, enriqueciéndolo.
En ese ambiente tan fecundo y favorable para su preparación druídica, Divea llegó al convencimiento de que las siete sesiones a solas con Partholon habían sido las más provechosas desde que comenzara el viaje en el castro de Santa Tecla. Aunque antes de presentarse ante él dominaba la preparación de las tres series de siete elixires, las invocaciones principales y las secundarias, así como muchos arcanos, el druida armórico le enseñó a venerar al dios local Belenus y por su inspiración aprendió a identificar con exactitud y curar los males de salud en el cuerpo humano, nuevos medios para conseguir que las heridas cicatrizaran con rapidez, el modo de entablillar los miembros con huesos fracturados, la lucha contra los malos espíritus que a veces se apoderaban de las mentes, la predicción del clima, los signos para descubrir veneros subterráneos de agua utilizando una delgada rama seca de roble y muchas otras técnicas útiles para la vida cotidiana en los bosques. Tendía, por lo tanto, a creer que ya disponía de la toda preparación necesaria para recibir la consagración de druidesa y no le encontraba sentido a proseguir el azaroso viaje a Anglia e Hibernia. Pero era esta clase de presunciones contra lo que más le prevenía el gran druida:
-Cuando crees que lo sabes todo, demuestras tu ignorancia suprema. Un sabio debe vivir por siempre con la mente abierta a los nuevos conocimientos y las posibilidades desconocidas. Con mucha más razón un druida. Nuestra misión es demasiado complicada, querida niña, y son incalculables nuestras responsabilidades. Es nuestra misión cuidar del espíritu de nuestro pueblo y también de sus cuerpos. Somos jueces, sacerdotes, consejeros y curanderos, y muchas veces nos vemos obligados a actuar también como si fuésemos reyes. Si lo piensas un poco, comprenderás el peso de lo que se te avecina.
Divea asintió con una reverencia, y fue despedida por el druida con un último consejo:
-Deberías comenzar a prepararte para el viaje a Anglia. Falta sólo media luna para el solsticio.
Cuando se dirigía al claro del nementone, donde se reunían a charlar y festejar todas las tardes, Divea vio que Fergus regresaba del dromon. Cada cuatro o cinco días, el gálata iba a caballo a la costa, para revisar el estado del navío y comprobar que nada ni nadie lo perjudicaba. Pero esta vez traía una compañera a la grupa. Tuvo que esperar a verlo pasar para descubrir que se trataba de Brigit que, abrazada a su cintura, sonreía con plenitud mientras, con el trote del caballo, se agitaba el cobre de su melena como una especie de hechizo. En la posición algo forzada a que le obligaba ir sentada de lado mientras giraba la cintura para abrazarse a la de Fomoré, todos los relieves de su cuerpo resaltaban como bendiciones de los dioses, como si Bran hubiera creado un modelo perfecto para que los hombres descubrieran la lujuria.
No podía dudar de que ella y Fomoré se entendían bien, y hacía varios días que lo notaba. Pero hasta ese momento no había caído en la cuenta de que pudiera tratarse de amor. Este pensamiento le causó mucha preocupación. En caso de que así fuera, ¿el enamoramiento del gálata podía afectar al viaje? ¿Trataría Fergus de convencer a Brigit de viajar con el grupo o lo convencería ella para quedarse? Faltaban muy pocos días para emprender la travesía hacia Anglia; necesitaba una respuesta.
Y además, estaba pendiente la conveniencia o, más bien, la necesidad de mantener una conversación con Brigit en privado, porque una druidesa tenía que ser advertida necesariamente si entre la gente que debía gobernar había una sibila. Si en los próximos días los signos y los rumores confirmaban la existencia del romance, pediría a Brigit hablar a solas.
En la tertulia del anochecer, todos escucharon con emoción los relatos de un matrimonio llegado de Hiperbórea, porque esa mujer y ese hombre eran de los pocos que no gemían con el relato de tragedias, ya que su viaje no lo había motivado la destrucción de su clan ni nada parecido.
-Los clanes de Hiperbórea viven pacíficamente y se multiplican. Todos somos felices en los bosques y lagos entre los que moramos. Nosotros hemos parado en este bosque de paso a nuestro destino último, que es el Camino al Fin de la Tierra. Cuando lo culminemos, volveremos al país donde nacimos.
Divea no quiso desalentarlos advirtiéndoles de cuanto ella y sus compañeros habían presenciado en el camino milenario de los celtas. Viajando con los medios que esa pareja llevaba, una carreta tirada por un único animal, tardaría todavía mucho en llegar y a lo mejor la madre Dana permitía que cambiaran las cosas.
Se acomodó como de costumbre, rodeada por los de su grupo, aunque en esos momentos sólo eran cuatro puesto que faltaban Fergus y Alban. Por mucho que lo intentó, no consiguió interesarse por las conversas ni escuchar los relatos de los sucedidos de cada uno. Pensaba en el consejo de Partholon. Tenía que preparar el viaje, pero no se le ocurría que debiera hacer nada distinto de lo habitual. Aunque la conversación con Brigit sí estaría fuera de lo habitual y parecía claro que no podía postergarla. ¿Tenía algo más que resolver con algún otro de los miembros de su grupo? Ninguno de ellos había llegado a expresar de palabra la pregunta que detectó en los labios de todos tras el rito celebrado a medias con Fomoré ante el gran monolito, recién llegados a la Armórica; si era atinada su presunción de que ellos desearon preguntar algo en aquel momento, entre los monolitos, lo habían olvidado.
Conall mostraba un semblante sombrío, ya a todas horas, y Divea se preguntó por qué; como respuesta, recordó el consejo de la diosa, que le había prohibido prescindir de él pero le sugería que lo vigilase. Fergus podía salvarle la vida, pero ¿cómo sería posible que se cumpliera el vaticinio si, por amor a Brigit, decidía permanecer en Brocelandia? De Fomoré esperaba mucho, pero no se sentía capaz de proponerle ni exigirle nada; estaba segura de que él tomaría por su cuenta las iniciativas pertinentes. Las dos sacerdotisas actuaban casi siempre como tales, y tampoco creía que tuviera nada que pedirles. En cuanto a Alban, Divea seguía sin resolver el misterio de lo que la diosa le había comunicado; extrañamente, la madre Dana no le atribuía ninguna misión relacionada con ella, cuando era el que tenía un encargo más concreto desde el comienzo, el deber de protegerla. No lo comprendía, puesto que era su principal guardián y el más fiel, a pesar de que el fornido cadete parecía haberse enamorado de la helvética Gwynna. No pudo evitar sentir un escalofrío, que tampoco consiguió interpretar.






55
Faltaban sólo cinco días hasta la fecha elegida para abandonar Brocelandia y sentían cierta tristeza y algo de vértigo por el temor a lo desconocido, dado que los dos países a los que tenían que dirigirse residían en las brumas de todos los misterios y las leyendas más terroríficas de las tradiciones celtas.
Tras un recuento de la luna y media pasada en ese bosque maravilloso, Conall notaba que no había avanzado gran cosa en la consecución de sus planes, porque la intensa preparación recibida del bardo Goiniu abarcaba sobre todo artes como la poesía y la música, y aspectos formales de los ritos. Poco más. Nada que pudiera servirle de verdad si un día se encontraba ante la oportunidad de ejercer de druida, y por lo tanto continuaba pendiente su propósito de ser capaz de parecer sabio. El de librarse de Alban, ahora le parecía una posibilidad inminente y sin tener que hacer nada. El de prepararse para poder suplantar a Divea llegado el momento, cada vez le parecía más inalcanzable.
Por su parte, Divea había confirmado que Fergus llevaría consigo a Brigit, y todavía no había encontrado la oportunidad de hablar a solas con ella. No podía postergarlo más sin faltar gravemente a sus responsabilidades de futura druidesa, porque no le estaba permitido dudar ni sentir miedo, ni vacilar en la toma de decisiones.
La predicción divina sobre la desaparición de Alban de su vida, no parecía que fuese a cumplirse en el bosque de Brocelandia; por lo tanto debía concentrarse en la resolución de lo relacionado con la enigmática mujer de pelo cobrizo. El problema era que no convenía que ningún miembro del grupo supiera de esa conversación, pero Brigit pasaba todo su tiempo al lado de Fergus, lo que hacia imposible la discreción indispensable si ella deseaba mantener el secreto de su condición.
Tuvo que recurrir a la ayuda de Partholon.
-Señor, ¿me está permitido pediros un favor?
El druida sonrió. ¡Cómo admiraba a esa juiciosa y sabia muchacha, y cuánto iba a sentir su marcha!
-Se te permite.
-No ignoráis que son muchas las voces que murmuran sobre la naturaleza verdadera de Brigit. Hay quien afirma que podría ser una sibila. Sabéis bien, porque forma parte de las enseñanzas que tan generosamente me habéis dado, que yo tendría que conocer esa condición si fuera cierta, a fin de cumplir de la manera más conveniente mis cometidos de druidesa. Dado que se dispone a viajar con mi grupo a Anglia, debería hablar a solas con ella sin conocimiento de quienes viajarán conmigo. ¿Existe alguna posibilidad de que vos me facilitéis que pueda mantener esa entrevista en secreto?
-Sí, hija mía. Existe y así se hará. Ve con el Sol alto a la morada de Goiniu. Él te conducirá a donde Brigit estará esperándote.
Llegada la hora en que el Sol brillaba en el centro de su recorrido diario, de manera que los cuerpos apenas proyectaban sombra, Divea fue a visitar al bardo Goiniu.
-Querida niña, el gran druida me ha dado una orden que ha modificado en parte lo que te había dicho esta mañana. Yo no te conduciré a donde Brigit te espera, porque tú debes descubrir ese lugar usando tus deducciones a partir de tres palabras que yo te diré. Así, desea Partholon comprobar si has aprovechado sus enseñanzas. ¿Estás de acuerdo?
-Debo obedecer, Goiniu. Pero me da miedo decepcionar al gran druida.
-No temas, Divea. No lo harás.
-¿Cuáles son esas tres palabras?
-Agua, roca y amor.
-¡Oh!
El bardo sonrió.
-No te apures, muchacha. No es tan complicado...
-Pero es que en este bosque hay veneros de agua y arroyos por todas partes. He visto peñascos magníficos, muy numerosos, en todos mis desplazamientos en busca de hierbas. Y de amor, alabanzas sean dadas a la madre Dana, sobra en todos los corazones. ¿Cómo voy a encontrar la solución en un momento, si se trata de que Brigit está esperando?
-Sí, está esperándote ya. Y te repito que no te apures. Sólo tienes que pensar en cuanto has visto en Brocelandia. Los dioses te inspirarán la solución. Ahora, ve.
Divea salió de la hermosa cabaña circular del bardo con la mente en blanco. Pocos pasos más adelante, se detuvo. Agua, roca y amor. No eran tres pistas, sino una sola. Tenía que pensar en un punto donde esas tres palabras cobraran sentido al mismo tiempo y no por separado. Y debían referirse a un lugar no lejano ni inaccesible. Sintió algo de vértigo, a causa del esfuerzo de pensar con rapidez y la necesidad de hallar la solución a tiempo de que Brigit no llegase de desesperar. Pocos días antes, habían celebrado un rito de la fertilidad en honor de Ainé, la diosa del amor y la pasión, que no había tenido lugar en el nementone. Lamentablemente, ella no había podido asistir, vetada por sus quince años. Casi estuvo a punto de ruborizarse recordando los comentarios aislados que había escuchado sobre el desarrollo del ritual. ¿Dónde estaba ella cuando partieron hacia el sitio de la celebración? Un pequeño esfuerzo bastó para caer en la cuenta de que no los había visto partir, pero sí recordaba el retorno, aunque dado el estado de euforia ebria de los celebrantes, habían regresado alborotando y desde varios puntos. Pero tenía clara la dirección aproximada de donde procedían todos.
Echó a correr hacia ese punto y muy pronto tuvo que detenerse ante el cauce de un arroyo tumultuoso que descendía veloz entre raudales. Agua y roca, pero todavía no podía combinarlas con amor. Como no podían haber cruzado ese río, dedujo que tenían que proceder de más arriba, siguiendo el torrente.
Encontrar el lugar sólo le costó unos momentos más. Descubrió antes el brillo rojizo del pelo de Brigit que las características que resumían muy obviamente las tres palabras del bardo. El río caía por una pequeña cascada en una poza de belleza deslumbrante, encajada por el fondo entre rocas blanquecinas y por el lado donde Brigit esperaba, bordeada de flores con una abundancia tal, que el verde quedaba oculto por el bordado multicolor, en el que reconoció gran abundancia de camomila, tomillo, hisopo y orégano, que llenaban en aire con un aroma penetrante. Aunque no tan abundantes, vio también flores de lavanda y de salvia, por lo que un hálito de magia hacía que el lugar pareciera irreal. Aislado casi en el centro del manto de flores, había un monolito semejante a los del campo de las piedras clavadas, pero éste era una pulida roca blanca coronada por una imagen muy hermosa de la diosa Ainé.
Brigit no le sonrió, pero no había hostilidad en su expresión.
-Sé lo que quieres, Divea.
-Pues si lo sabes, estás respondiendo afirmativamente mi pregunta.
-Así es.
-¿Te causa dolor?
-Desde que empecé a pensar, Divea, antes de conseguir andar. Pero con el paso de los años, he aprendido a vivir con mi naturaleza.
Divea recordó que en la reunión donde la vio por primera vez Brigit no había contado ninguna desgracia personal, y sólo habló de aquel príncipe encadenado por su padre para que no se convirtiera en un rey perverso. Si había sufrido tanto como decía, ¿por qué no hablaba de ello?
-Porque hay demasiado dolor sangrante entre los refugiados de este bosque –respondió Brigit a la pregunta que Divea sólo había forjado en su pensamiento-. Las que son como yo deben conseguir dureza de acero, para no sumar su dolor al que tanto abunda en el mundo. ¿Guardarás mi secreto o tendré que huir de nuevo?
La pregunta sirvió para que Divea comenzara a sospechar cuál podía haber sido el motivo de que la mujer de pelo rojizo se hubiera refugiado en Broceladia. Notó que Brigit asentía muy levemente, como si confirmase esa sospecha, pero al momento vio que se abatía igual que si recibiera un mazazo en la cabeza.
-Corramos, Divea. Algo tremendo ocurre.
No tardaron mucho en llegar al nementone, donde había mucho movimiento. Alzados como dioses guerreros sobre sus monturas, diez de los cuarenta y nueve que hicieran aquella vistosa exhibición de monta el día de su llegada al bosque, llamaban apresuradamente a los hombres.
-No somos suficientes para frenarlos –gritaban-. Debéis acompañarnos al menos cincuenta a caballo. Daos prisa.
Divea y Brigit supieron en seguida lo que ocurría, gracias a los comentarios de la multitud alborotada que se había reunido en el claro. Un ejército muy bien pertrechado, cubiertos los hombres de armaduras y los caballos de lorigas, avanzaba con dirección al principal poblado del bosque y no lo hacía con buenas intenciones.
En seguida comenzó a oírse desde todas las direcciones el trote de los caballos. Los celtas respondían en masa la llamada de los dioses guerreros y Divea vio con desolación que Alban, Fergus y Fomoré se sumaban al ejército improvisado. ¿Qué iba a pasar con ellos y con la prosecución de su viaje de iniciación?
Sintió que Brigit acercaba los labios a su oído para susurrar:
-Partirás en la fecha prevista, pero con un hombre menos, y los invasores serán derrotados antes de que el Sol despierte de nuevo.
De tal modo comprendió Divea por qué había dicho su bisabuelo que debía temer a los dioses guerreros. Se cubrió el rostro echándose a llorar, convencida de que su fiel escudero Alban no volvería de la expedición.